lunes, 25 de julio de 2016

La ocupante de la celda 32

La entrevista acaba de terminar. El guardia entra y me pide que salga. Trago grueso, me levanto y camino despacio hacia la salida. Volteo y veo que ella se queda sentada con el recuerdo a cuestas y la impotencia tatuada en la frente. Sus manos esposadas se entrelazan, como rezándole a un dios que no la escucha, y sus ojos, presos bajo un velo de arrepentimiento inútil, se pierden nuevamente en la negrura de la pared, en las sombras de la incertidumbre. Es Marta, tiene diecinueve años y está condenada a cien años de prisión.

Decidí entrevistarla porque su historia es el reflejo de nuestra propia decadencia. Me costó mirarla a los ojos, pues uno puede perderse en sus interminables llamas, en el lago negro de la infinita maldad generada por las circunstancias. Me preparé bien antes de la entrevista, sin sospechar que para lo que estaba a punto de hacer no existía preparación posible.

Ese día salí de mi casa a las siete de la mañana y en quince minutos estuve en el portón principal del Sistema Penitenciario Puerta de la Esperanza, «La Chácara», como la conoce el pueblo. Después de identificarme, el alguacil me condujo a una oficina donde hablaría con el alcaide, un exmilitar regordete que estaba a punto de retirarse. Los grados sobre una de sus descosidas charreteras y una foto con un general del ejército eran los únicos recuerdos de sus glorias pasadas. Había conversado con él por teléfono para coordinar la realización de la entrevista que iba a realizarle a Marta. Me dijo que solo tendría dos horas con ella y que después ya no podría volver. Fue directo y tosco, como era de esperarse. El alguacil me condujo por la calle de cien metros que une la zona de revisión con los pabellones de las celdas de mujeres. Mientras caminaba, pensé en lo difícil que debía ser estar por tantos años en un lugar tan hacinado y espantoso. Sentí pena por Marta y por los otros reclusos, pues no sabía en lo que me estaba metiendo. Como periodista, solo trato de hacer mi trabajo, pero algunas veces es imposible impedir que nuestros propios sentimientos y nuestras propias realidades se mezclen con la historia. Todos somos de carne y hueso, todos somos humanos y tenemos sentimientos. Bueno, casi todos, porque algunos, como Marta, no.

Llegué pronto a los pabellones de celdas y el alguacil me ordenó que esperara mientras él hablaba con las oficiales que estaban de guardia. Tuve que llenar una hoja de registro y dejar mi celular, mis llaves y mi faja en una cajita de madera. Solo me permitieron llevar mi pequeña grabadora digital y una revista que traía de regalo. El alguacil abrió una reja que daba a un pabellón sombrío, en cuyo centro corría un riachuelo de un líquido maloliente; orines, probablemente. «Pase. Ella está ahí, en la celda treinta y dos. Yo lo voy a esperar aquí. Tiene dos horas», me dijo, señalándose el reloj con su dedo índice.

Caminé por el pasillo, evitando pisar el riachuelo, y cuando llegué a la celda treinta y dos, la vi. Estaba sentada en la cama, con las manos esposadas, viendo hacia la pared. Frente a ella había una silla, puesta ahí para que yo me pudiera sentar. Del techo pendía en un alambre una bombilla vieja, de esas baratas de diez Watts que no iluminan muy bien.

«Hola, Marta. Soy Carlos Benavides, del Diario La Prensa. ¿Imagino que te informaron que iba a venir a entrevistarte?», le pregunté. No me contestó y siguió mirando fijamente a la pared. En la escuela de periodismo, algunos profesores nos enseñaron a respetar el silencio de nuestros entrevistados, pues, en sí, el silencio es una respuesta. Pero otros, los que se habían formado como reporteros en las calles, donde la vida es dura, nos enseñaron a moldear nuestras preguntas, nuestros tonos y a usar cualquier elemento para lograr nuestro objetivo. No voy a mentir, los periodistas no somos totalmente honestos. Hincamos e hincamos hasta obtener lo que queremos. «Me dijo el alcaide que te gusta leer. Te traje una revista como agradecimiento por acceder a realizar la entrevista», le dije, sabiendo que estaba cayendo en lo más bajo del periodismo: sobornar al entrevistado a cambio de sus palabras. «Es TV y Novelas, y creo que te va a gustar», continué. Sin embargo, mi propuesta captó su atención. Y eso fue un regocijo para mí, pues los minutos seguían corriendo.

Volteó lentamente, me miró de pies a cabeza, enfocándose por un instante en la revista que yo sostenía, e hizo un gesto con su cabeza para que entrara. Me senté en la silla, a unos metros de ella, saqué mi grabadora del bolsillo y puse la revista en mis piernas. Le pregunté si estaba bien que grabara sus palabras. Marta asintió con la cabeza y, al hacerlo, su semblante cambió inmediatamente, de aquella cara perdida en la oscuridad a la de alguien común y corriente, una mujer que perfectamente podía estar sentada en la banca de un parque. Era una mujer bonita, con una cara de ángel y un pelo castaño que le caía sobre los hombros. Llevaba una camisola que sugería la enormidad y perfección de su busto y, a pesar de no tener maquillaje, sus labios parecían estar pintados con un lápiz labial natural.

Un tanto incómodo ante la imagen de esa mujer tan sensual, tragué un poco de saliva y me hice el pelo para atrás con una de mis manos, el tic del que siempre soy presa cuando estoy nervioso. Presioné el botón rojo de mi grabadora, la sostuve en mi mano y comencé: «Muchas gracias por acceder a esta entrevista. Te aseguro que no vamos a editar nada de lo que digás. Simplemente queremos que nos contés tu historia», le dije, dándome cuenta de que tenía clavados mis ojos en sus pechos. Entonces me callé y la vi inhalar un poco de aire antes de sonreír, pues se había dado cuenta de que yo la miraba. Parecía como si, dentro de ella, una mujer tan joven, estuvieran acumuladas miles de experiencias vividas. Parecía como si fuera una gran estrella dentro de una oscura constelación familiar. Así empezó la narración de Marta, que más que entrevista, se convirtió en monólogo.


Tengo diecinueve años y hace dos que estoy presa. Yo no he hecho nada y aquí me tienen, ¿te podés imaginar? Me tienen aquí condenada por una cosa que no tiene importancia. Mi mama me tuvo a los diecisiete años y enviudó cuando yo tenía quince, el día que mi papa se mató en la carretera. Después de llorarlo por un año, se volvió a juntar con un hombre menor que ella y, cuando lo hizo, se olvidó completamente de mí. Perdió la cabeza por ese hombre y lo llevó a vivir a la casa.

Yo estaba en cuarto año de secundaria en el Colegio Nuestra Señora de Fátima y me creía la dueña del mundo. Todos los días, después de clases, me iba a la casa de Mónica, una de mis amigas, y ahí nos tomábamos selfies sensuales para subirlas al Facebook; ya sabés, lo que hacen las chavalas de hoy. Mi amiga me prestaba unos vestidos cortos y yo los modelaba en las fotos. Después, nos poníamos a leer revistas de farándula en la cama de mi amiga, como esa que me trajiste. También nos gustaba chatear con chavalos mayores que conocíamos en el Facebook. Me la pasaba súper y hacía todo lo posible para volver a la casa solo a dormir.

Yo creía que mi amiga tenía la familia perfecta, sin darme cuenta de que eso no existe. Su papa y su mama se habían casado por la Iglesia y por lo civil y la habían tenido a ella cinco años después de casarse. Eran bien católicos y la llevaban a misa todos los domingos en la capilla del colegio. Yo iba con ellos a veces para no volver a la casa. Y como no me gusta rezar y no me sé las oraciones, solo balbuceaba con mi boca para que las personas pensaran que estaba hablando con Dios, cuando lo único que hacía era burlarme de él.

No me gustaba volver a la casa porque tenía que ver el cuadro de mi mama, sentada en la sala con su hombre, viendo una película o las noticias. No se preocupaba si yo cenaba o no, si yo me vestía o no. Con costos me daba para pagar el colegio y comprar algunas cosas que necesitaba para asearme. Lo que más me enojó en esos días es que cuando llegaba a la casa, el hombre de mi mama creía que tenía derecho de mandarme, como si fuera mi papa. Le decía a mi mama que no me dejara salir y que me pusiera a limpiar la casa mientras ellos descansaban. Y a mí no me gusta hacer oficio. Cuando mi papa estaba vivo yo era su princesa y siempre tuvimos una empleada que nos limpiaba la casa y me llevaba comida hasta la cama. Aquí he tenido problemas con las guardias que me obligan a barrer y a limpiar esta mierda de cuarto.

Como yo lo veía, mi mama era la que tenía que darme todos los gustos. ¿Para qué me tuvo si después no me iba a cuidar? Bueno, por eso me disgustaba todo lo que ella me decía. ¡Esa vieja maldita! ¡Yo no sé por qué no la maté a ella también! A Mónica, mi mejor amiga, le prohibieron verme después de un tiempo. Sus padres no aprobaban que una niña buena como ella, una futura profesional, anduviera con una «zorrita» como yo.

De repente, a mi mama también le agarró por volverse estricta y exigirme que mejorara las notas, pues estaba en cuarto año de secundaria y había dejado tres materias. Ya no me dejaba salir y me iba a buscar al colegio. Cuando llegábamos a la casa, el hombre de mi mama estaba en siempre viendo televisión, con una Toña en la mano y la misma ropa de la mañana. El hombre siempre le decía que nos habíamos tardado demasiado y nos preguntaba dónde habíamos estado. Y eso era para mi mama como un afrodisíaco. Si vieras cómo se ponía de loquita cuando lo veía y cuando él le hablaba golpeado. Se volvía a olvidar de mí y se iba rapidito a la cocina a prepararle la cena y a traerle otra cerveza. No me mirés con esa cara. Ya sé lo que estás pensando, que mi mama era una pendeja. Pues sí, era una pendeja y se lo merecía por haberse olvidado tan rápido de mi papa y por ser tan negligente conmigo.

A mí me valía lo que me decía y, siempre que podía, me escapaba. Cobijaba una almohada para que pensaran que era yo y trababa la puerta con un calzón para poder entrar más tarde. Eso lo hacía casi todos los viernes. Me iba a Cigar Zone con unos chavalos mayores y me lo pasaba bacanal, ya sabés, bailando reggaetón, perreando, chacobeando y subiendo selfies locas al Facebook cuando ya estaba bien borracha. Y cuando volvía a la casa, ni la pendeja de mi mama ni el hombre ese se daban cuenta. Hijueputas mierdas. Se las hacía todos los fines de semana y ellos de pendejos pensando que yo estaba dormida. Y vos, pedazo de mierda, ¿por qué me ves así? ¿Te gusto, acaso? ¿O me estás juzgando?.

Interrumpí a Marta para pedirle que se calmara, porque vi que se estaba alterando demasiado. Me miró con unos ojos profundos y respiró con dificultad hasta que, al fin, se calmó. Le dije que yo no la juzgaba, pero que tampoco quería que le fuera a dar algún colapso nervioso. Volví a darme cuenta de que le estaba viendo los pechos y traté de pensar en cosas horribles para calmarme. Entonces, continuó su historia.


OK, pues. Ya me calmé, pero dejá de verme así que ya sé lo que estás viendo y lo que querés.

Pasó el tiempo y el hombre de mi mama la dejó para irse con una chavala. Ya sabés, lo típico: se aburrió de ella y se buscó otra. Todos los hombres son unos malditos. Vos tampoco debés ser una monedita de oro. Pero bueno, mi mama y yo quedamos solas en la casa. Yo lo consideraba una victoria, pues me había librado del hijueputa vago ese, pero mi mama lo sufrió como la peor de sus derrotas. Se la pasaba llorando todo el día por ese hombre, como si le hubieran arrancado la mitad del corazón.

Pero la tristeza se le acabó después de dos meses y entonces, ¡zas!, se dio cuenta de que tenía una hija. Cuando ese hombre se fue, mi mama enfocó su atención en mí. Pero creo que exageró, porque ya no me dejaba salir a ningún lado y corría a todos los chavalos que llegaban a la casa a buscarme. Fue entonces que, verdaderamente, la empecé a usar como trapo viejo. Si quería mi cariño, entonces le iba a costar caro. Le dije que le iba a hacer caso, pero que necesitaba que me diera reales todos los días para ir a la escuela. Me daba doscientos pesos, y eso para mí era como un tiquete a la diversión. No es que vos debás saberlo, pero mi mama puso una fritanga para mantenernos cuando el INSS le quitó la pensión de mi papa inesperadamente. Esos doscientos pesos que me daba le costaban sangre a la vieja hijueputa, y a mí eso me daba una gran satisfacción. «¡Que se sude y que se mate trabajando!», decía yo. ¿Para qué me tuvo, pues?

La hice pagar caro toda su falta de atención. Le cobré cada centavo con cien lágrimas y eso fue para mí una de las alegrías más grandes de la vida. Me parecía tan injusto que, después de haber sido una princesa cuando mi papa estaba vivo, ahora solo era la hija de una fritanguera. Obviamente, no invitaba a nadie a mi casa, porque me daba pena que la vieran vendiendo enchiladas de frijoles con queso o empacando un gallo pinto con tajadas. Eso era la muerte para mí que era toda una diva en las fiestas y en el Facebook. El tiempo pasó y me convertí inevitablemente en la zorrita que ella nunca quiso que fuera. Casi todos los días me daba un sermón, me pedía que cambiara y que la diera una oportunidad para ayudarme. Pero yo no le hice caso. ¿Por qué iba a escuchar a alguien que no tenía la autoridad moral para reclamarme?

Continué con mi vida alocada y desenfrenada. Una noche de diciembre, salí con un chavalo de Matagalpa, a quien había conocido por Facebook. Era mucho mayor que yo y en la imagen de su muro tenía unas fotos de él montando en un caballo negro en una de los tantos desfiles hípicos que se realizan en el norte de nuestro país. En otra de las fotos, aparecía manejando un Hummer amarillo. ¿A cuál mujer no le va a gustar que las demás la vean en un carro así?

Me invitó a Buho’s, una disco de Matagalpa, y yo acepté gustosa. Me pasó recogiendo por el parque, porque le dije que no iba a estar en mi casa. Le dije eso para que no viera a la fritanguera de mi mama en plena faena despachando un maduro con crema por veinte córdobas. Pero no pasó en un Hummer, sino en un Nissan Sentra blanco con unas luces de neón moradas bajo la carrocería y en los rines. En los espejos polarizados tenía unas calcomanías de herraduras y el perfil de un caballo saltando. Me dijo que tenía el carro en el taller y que se lo iban a entregar el lunes.

Viajamos hacia el sur y en trayecto entre Estelí y Sébaco me contó todas las maravillas de su vida. Me contó que viajaba todos los años a Miami, a la casa de unos tíos que vivían Hialeah. Me dijo que me iba a llevar a Miami para que conociera las cosas más salvajes que jamás hubiera visto. Me habló también de sus caballos y de sus carros. Yo estaba fascinada, como loquita, y para entrar en onda le conté que yo vivía en un residencial y que mi mama era una empresaria de Estelí. Ah, esas mentiras eran tan sabrosas que parecían verdades.

El chavalo estaba guapo, tenía unos brazos musculosos y una mirada bonita. A pesar de apenas haberlo conocido, me sentía muy cómoda con él. Era justamente lo que necesitaba, algo así como una inyección de riqueza para la infección de miseria que yo tenía en ese momento. Noté que, cerca del freno de mano, en unos espacios cilíndricos para poner refrescos, estaban una lata de Toña y una botella de Smirnoff Ice. «¿Querés?», me preguntó. «Claro», le dije, queriendo entrar en onda. Estaba riquísimo el Smirnoff y, al terminarlo, me dejó un sabor de frutas en la boca.

Entre sorbo y sorbo, entre plática y plática, entre risitas, llegamos a Sébaco y tomamos el camino hacia Matagalpa. No había sentido el camino, pues la plática me había fascinado. «Mirá, Buhos es salvaje. Ponen una música poderosa y sirven unos tragos brutales. Conmigo nunca te va a faltar nada. ¿Estás lista para volar?», me dijo. A mí se me pelaban los ojos con cada palabra suya, porque estaba bien guapo. Tenía ojos claros y una barbilla afilada. Andaba con un candado rasurado perfectamente. Sus cejas eran grandes y su camisa dejaba ver unos grandes brazos musculosos.

Continuamos el viaje y, cuando estábamos a la mitad de una curva, empecé a marearme un poco y se me nubló la vista. Me dieron ganas de vomitar, pero, a pesar de intentarlo, solo sentía un líquido agrio en la garganta. «No me siento bien», le dije, casi sin fuerzas. «Me voy a parar para que tomés un poco de aire», me respondió. No sé dónde se metió, pero todo estaba oscuro en el lugar en el que se detuvo. Apagó las luces, el motor y se bajó del carro, dejándome en él. Lo vi por la ventana mientras se paraba frente al vehículo. Estaba hablando por el celular y, al hacerlo, se reía bastante, cosa que pude notar, pues la luz del aparato le iluminaba el rostro. Yo empecé a respirar rápidamente y muy pronto perdí el conocimiento.

Unas voces me despertaron y pude ver que me estaban arrastrando de las piernas, mientras que yo, haciendo un gran esfuerzo, intentaba mantenerme consciente mientras las piedras que estaban en el suelo me golpeaban la cabeza y la maleza me arañaba las manos. Unas manos fuertes me halaban de los tobillos, y en mi inconciencia parcial pude ver a varios hombres caminando junto a mí. Se estaban riendo y platicaban muy amenamente, como si estuvieran en un día de campo. Estaba tan oscuro que no pude ver sus caras, sino únicamente el brillo rojo de los cigarros que fumaban y el ocasional destello de sus grandes hebillas.

«Está bonita la chavala, ¡Gavilán! ¿Dónde la encontraste?», le preguntaron. «En el Face», les respondió una voz, y yo la identifiqué inmediatamente, pues era la del hombre con el que yo había salido. «Cayó solita la babosa y hasta se creyó lo del Hummer», continuó. Yo no tenía fuerzas ni para llorar ante lo que escuchaba. Desconocía totalmente a dónde me llevaban, pero sabía exactamente lo que me iban a hacer. Mi vagina me ardía y me dolía la parte interna de los muslos. El que me llevaba de los tobillos apuró el paso, y en poco tiempo llegamos a un claro que estaba rodeado de chatarra.

«Bueno, son tres mil pesos cada uno», dijo el Gavilán. Yo no podía hablar y todo empezó a darme vueltas. No podía ni sostener mi cabeza por más de unos segundos. «Tomá, yo quiero ir primero», dijo uno de los hombres. Vi cómo le entregaba el dinero. «Pero ya no es virgen, ¿OK?», dijo el Gavilán. «Ya me encargué de eso yo, así que tienen que conformarse con lo que hay», continuó. «Sos maldito, Gavilán», le dijo uno de ellos. «Pero bueno, de todas formas está bien buena la chavala. El Gavilán metió sus manos poderosas en mis axilas y me levantó hasta ponerme encima de la tapa del motor de un carro destartalado que estaba ahí. «Dale, Pateperro, tenés veinte minutos. No le pegués mucho, que no queremos un problema», le advirtió.

El hombre que había pagado por mí se acercó despacio, desabrochándose el pantalón mientras lo hacía. Me abrió las piernas violentamente, levantándome a la vez el mini vestido que yo llevaba puesto. Me había puesto ese vestido para conquistar al Gavilán, sin saber que acabaría conquistando a una jauría. Pronto lo sentí dentro de mí, desgarrándome, haciéndome daño. El dolor se intensificó y, a pesar de luchar con todas mis fuerzas, no podía mover ni las manos o hacer el más pequeño esfuerzo por quitármelo de encima. Como yo trataba de luchar, el hombre se incomodó un poco y empezó a abofetearme fuertemente. «Calmate, zorra», me decía mientras me pegaba. Me siguió penetrando violentamente y ya no podía sentir las piernas. El hombre dejaba caer gotas de un pegajoso y maloliente sudor sobre mi pecho mientras me decía cosas horribles en el oído.

«Ya estuvo», dijo el Gavilán. «Si querés más, son otros tres mil cuando te vuelva el turno. Dale pues, Pelón —le dijo a otro de los hombres—. Te toca». El Pelón le entregó el dinero y se tomó el tiempo para contar billete por billete mientras yo quería morirme encima del carro, apenas con aliento para mantenerme despierta. Y así le tocó el turno al Pelón, al Mechas, a Braulio y a Lupe. Todos me pegaron y todos saciaron su apetito voraz conmigo. Ese día, el Gavilán recogió 18,000 córdobas, 15,000 en turnos simples y 3,000 en el turno extra que quiso el Pateperro.

«Bueno, chavalos. Aquí terminamos», les dijo. Con mi cuerpo destrozado, con múltiples olores y líquidos sobre mí, mis pechos mordidos y la entrepierna desgarrada, quedé a la merced de la naturaleza en aquel paraje sombrío. Me dejaron ahí, desamparada, más muerta que viva, sin el menor remordimiento. Llegó la mañana y sentí que los rayos de sol eran como sal cayendo sobre mis heridas abiertas. Traté de incorporarme, pero no podía.

Cerca del mediodía, cuando estaba toda quemada por el sol y con cada herida emitiendo pulsaciones, oí voces. Me asusté porque creía que mis captores habían vuelto. Pero no eran ellos. Eran unos cheles, de esos que andan en misiones del Cuerpo de Paz. Iban hacia una de las comunidades a ayudarles a las familias a construir unas letrinas. Ellos fueron los que me ayudaron. Llamaron una ambulancia y ayudaron a los paramédicos a cargarme hasta el camino. Hasta entonces pude llamar a mi mama, quien vino desde Estelí. Cuando entró al pabellón del hospital, aún con el delantal con el que despachaba en la fritanga, imagino que solo vio una memoria de la que había sido su hija hasta la noche anterior. Me sobó la frente con su mano y me dijo que no me preocupara. Yo no quería hablar de nada, pues solo tenía un pensamiento en la cabeza: encontrar al Gavilán.

Pero el Gavilán desapareció del mapa. Y también lo hicieron los demás. Después de poner la denuncia en la policía, trataron de buscarlo con mi descripción de él y la del vehículo, pero no lo pudieron encontrar. Al parecer, era de una familia adinerada y se largó a los Estados Unidos para no tener problemas. Me daba rabia ver que la justicia era inalcanzable para los palmados. Y eso me mataba. Pensaba en todo el daño que me habían hecho, en el placer que habían sentido al hacerlo y en la libertad de la que gozaban. No pagaron por nada de lo que hicieron.

Interrumpí nuevamente a Marta. La historia me estaba partiendo el corazón, pero yo trataba de verme lo más sereno posible. Le pregunté si quería descansar cinco minutos, y me dijo que no, que si dejaba de hablar ya no volvería a abrir la boca y que me tendría que ir. Cuando me dijo esto, lo hizo mientras respiraba rápidamente. Pude ver que sus ojos se habían perdido y su mirada estaba ahora cautiva por sus imborrables recuerdos. Por eso la dejé continuar, recordando una de las mejores lecciones de periodismo que me había dado mi maestro Carlos Fernando: «Hay que saber escuchar al entrevistado. Por mucho que uno quiera hacer preguntas, por mucho que uno desee indagar sobre un tema específico, ¡no hablen y escuchen! No hay peor pregunta que la que no se hace, pero tampoco hay peor respuesta que la que no se escucha», nos decía. Así es que, una hora después de haber empezado, Marta continuó con su historia. Y para ello, lo juro, contó con toda mi atención.


Dos semanas después de lo que me pasó, pude volver al colegio. Cuando llegué, noté que las monjas me miraban de forma extraña y susurraban entre ellas. Cuando llegué a mi sección, la maestra me pidió que me sentara atrás. Mónica, mi amiga, no se quiso sentar a mi lado. Ese día sentí en carne propia lo que es ser una extraña entre personas conocidas. Cuando tocaron el timbre para salir, tomé mis cosas y, sin despedirme de nadie, salí rápido del aula. Sor Paciencia, la monja que me caía peor, pues siempre andaba buscando cómo joder, me detuvo en el pasillo. «Espere un momento. Necesitamos hablar con su madre y con usted. Dígale que venga mañana a la hora de salida y entréguele esta carta», me dijo mientras me daba un papel engrapado. Le di el papel a mi mama y le dije que las monjas querían hablar con ella.

Al día siguiente, a la hora de salida, vi cómo mi madre me esperaba en el portón. Afortunadamente, llegó sin delantal, porque me hubiera dado mucha pena que mis compañeras me vieran con mi mama, la fritanguera. Nos dirigimos a la oficina de dirección. Sor Paciencia nos esperaba en la puerta. «Pasen», nos dijo, mostrándonos el camino con su mano. Cuando pasé al lado de ella, pude ver colores de juicio y de burla en sus ojos. En la oficina estaba esperándonos Sor María Piedad, la directora. «Siéntense, por favor —nos indicó—. Mire, doña Cándida, la convocamos a esta reunión porque tenemos que resolver una situación importante. Ya todos los alumnos, profesores y el resto de la comunidad educativa saben lo que le pasó a su hija. Las noticias se han esparcido como fuego por las redes sociales y vemos eso como algo que no le conviene al colegio». «¿No le conviene al colegio? —preguntó mi mama, sorprendida—. ¿Y no se han puesto a pensar que en el orden de prioridad ustedes deberían preocuparse por lo que le conviene a mi hija? —continuó—. Es que no son cristianas ustedes. ¡Qué mierda! ¿No se acuerdan de la historia del Buen Samaritano y de la Magdalena?», les preguntó.

«Cálmese, doña Cándida. No me levante la voz ni me hable así, que aquí no estamos en su fritanga», le dijo la monja con un tono humillante. A pesar que me afrentaba de mi mama, en ese momento quise tomar un lápiz con una punta fina que estaba en un vaso de barro sobre el escritorio de la monja. Quise tomarlo y clavárselo en un ojo. Pero no lo hice, porque lo que me pasó marcó en un punto de inflexión en mi vida, un punto sin retorno. «Doña Cándida. Hemos decidido que su hija tiene que salir del colegio, porque no es adecuado que una muchacha así sea vista con muchachas de bien. Somos una institución católica que trata de educar a muchachas que anden por el camino recto. Y su hija ya no cumple con el perfil de nuestras estudiantes, pues su imagen ha sido arrastrada por todos lados», dijo la directora. «¿Una muchacha “así”?», preguntó mi mama, parándose de repente y dando un golpe en el escritorio. «Sor Paciencia. Llame por favor al CPF. Dígale que saque inmediatamente a estas perdidas de mi oficina y del colegio. Que no las vuelva a dejar entrar», le ordenó. Y Sor Paciencia, como buena perrita faldera, obedeció en el acto.

Así me corrieron del colegio y más tragedias llegaron con prontitud. Mi mama pasaba todo el día cocinando y vendiendo en la fritanga y yo me la pasaba tumbada en la cama mirando las vigas y las láminas de zinc de mi cuarto, perdida en el recuerdo de mis desventuras. Pasaron dos semanas más y empecé a preocuparme porque la regla no me venía. No le dije nada a mi mama y pensé que los terribles sucesos por los que había pasado habían causado en mí un bloqueo en todas las funciones de mi cuerpo. Pero la regla no me vino. Solo me vinieron náuseas, vómitos y terribles antojos de jocotes ácidos con azúcar.

Nadie me visitaba, y eso era terrible para mí. No volví a usar mi teléfono ni volví a entrar a Facebook por terror a verle la cara al Gavilán. Ya no quería encontrarlo, ya no quería volver a tenerlo frente a mí. «¿Estás lista para volar?», me había preguntado en el carro antes de lo peor y yo lo había mirado embobada. Me empezó a crecer la panza y mi mama, como todas las madres, no tuvo que verla para saber lo que me pasaba. «No te preocupés —me dijo—. Yo te voy a ayudar y juntas vamos a salir de esto», me decía. «Yo no quiero tenerlo —le dije—. No quiero tenerlo y prefiero matarme para no verlo cuando nazca. Lo odio, no quiero tenerlo», le respondí.

Desde entonces, mi mama hizo que durmiera con ella para que no me fuera a matar. La panza creció y los meses pasaron. Yo no podía ni verme la panza. Sabía que me habían violado cinco hombres, pero no sabía de quién era esa cosa. Sí, esa cosa no era un bebé, era algo monstruoso que crecía dentro de mí. Como un parásito. Cada vez que se movía, me parecía que me iba a comer un órgano y que me iba a terminar de matar.

El día de la cesárea, mi mama me acompañó al hospital y estuvo conmigo durante toda la labor, sosteniéndome la mano. Esa cosa nació a las doce en punto. Cuando me lo sacaron, sentí un gran alivio dentro de mí. La enfermera lo envolvió en una sábana cuadriculada y me lo mostró para que lo tomara en mis brazos. «No lo quiero, ¡no lo quieroooooooooooo!, ¡quítemelo de aquííííí, vieja hijueputa!», le grité. Entonces la enfermera se lo dio a mi mama y a mí me dieron un sedante para que me pudiera dormir, pues estaba descontrolada.

Al día siguiente, me dieron de alta y, mientras viajábamos en el asiento trasero del carro, yo solo miraba por la ventana. Mi mama llevaba al niño, sí, era un varón. Lo llevaba envuelto en sábanas y en una de sus manos llevaba la epicrisis que le entregaron en el hospital. No quería verlo, no quería tocarlo. Me daba asco y rabia pensar que eso había salido de mí. Mi mama quería dármelo para que le diera de mamar, pero fue imposible. Yo no permitía que me lo acercaran. Mi mama tuvo que comprarle un sustituto de leche materna para darle la pacha los primeros días y que no muriera de hambre.

Apenas pude incorporarme, sentí un cambio en mi ser. Empecé a salir como lo hacía antes. Me iba a la Cigar’s Zone a bailar y dejaba a mi mama dándole de comer a esa cosa fea. Conocí a otros chavalos y traté de borrar mi memoria perdiéndome en el ocio y en la diversión. Le robaba reales a mi mama y salía todos los días. Salía a cualquier lado, donde fuera; solo quería salir y olvidarme de todo. Cuando llegaba a la casa, de madrugada, esa cosa siempre estaba llorando. Un día, mi mama no aguantó más y me lo llevó al cuarto. «Tenés que darle de mamar —me dijo—. Se va a enfermar el niño», continuó. A mí me habían violado cinco hombres, y hasta entonces no sabía quién era el papa de esa cosa. Esa noche fue la primera vez que lo tomé en mis brazos y que lo vi a la cara. Y ya no tuve que seguir haciéndome la pregunta. Tenía unos grandes ojos claros y una barbilla afilada. Era todo un gavilán.

Cuando lo vi, lo tiré en la cama bruscamente. Cuando cayó, rebotó y se golpeó la cabeza en la pared. Empezó a llorar y su llanto fue para mí como que me metieran un punzón en los oídos. «Callate, callaaaaaaaaaaaaateeeeeeeeeeee. Te odio, no te quiero, te odio», le grité y esa cosa no paraba de llorar. Mi mama lo agarró rápidamente. Sacó una diclofenac de su bolsa y le puso un poco en la cabeza. Se volteó y me dijo: «Tarde o temprano tenés que quererlo. Es tuyo y no lo podés desamparar». «Váyase a la mierda usted con esa cosa», le respondí. «No me voy y aquí te lo voy a dejar. Yo tengo que trabajar para mantenernos y así no puedo, me tenés que ayudar», me dijo. Me dejó a esa cosa en la cama y salió rápidamente del cuarto. Lo quedé viendo y, sin hacerle caso, busqué una ropa para cambiarme y salir. Se puso a llorar porque seguro tenía hambre, pero yo, inmutable, me seguí alistando. La forma en que lloraba me descontrolaba. «Callate, callate, callate yaaaaaa, monstruo de mierda. Te odioooooo», le gritaba mientras casi se ahogaba en su llanto. Ese día salí y lo dejé llorando en el cuarto.

Cuando volví, en la tarde, encontré a mi mama cargándolo. La cama estaba llena de mierda y de babas por todos lados. «Tenés que cuidarlo. Es tu hijo», me dijo nuevamente. Quitó las sábanas sucias y me dio unas nuevas para lo yo las pusiera. Me dio también unas almohadas. «Ponéselas al lado para que no se caiga», me indicó. «No lo voy a cuidar —le dije—. Lo odiooo. No lo quiero. Yo quiero salir y divertirme», continué. «No me importa que tengás que salir. Aquí te lo dejo. Tenés que cuidarlo», me volvió a decir. «Pero todos los chavalos de mi edad están en una fiesta a la que quiero ir». «Sí, hija —me dijo—. Pero vos tenés una responsabilidad». No me importó nada de lo que me dijo y volví a dejar al niño solo. Salí y no regresé hasta bien entrada la madrugada.

Otra vez estaba mi mama en mi cuarto con esa cosa en sus brazos. «Aquí te lo dejo. Y te lo voy a cambiar y a volver a dejar aquí hasta que recapacités», me indicó. «Lléveselo. Lléveselo de aquí que no lo quiero ver», le dije, pero ella no me escuchó. Lo acostó en la cama, al otro lado de las almohadas que lo protegían. Me quité la ropa, muy enojada. Me senté en una silla que tenía y decidí no acostarme en la cama con esa cosa. Pero esa cosa no paraba de verme y de sonreír. «¿Qué me ves, pedazo de mierda?», le pregunté, como si en verdad esa cosa fuera a contestarme. Y esa cosa no me respondió, obviamente, pero me sonrió. Su sonrisa no era humana. Era la sonrisa de un gavilán. «Dejá de reírte, monstruo», le grité de pronto y el grito lo asustó. Empezó a llorar sin control. Y ya no pude más. «Callate, pedazo de mierdaaa. Callate yaaaaa», le grité, pero no dejaba de llorar. Me miraba con los ojos claros llenos de lágrimas y lanzaba unos berridos que me destrozaban los oídos.

Sin pensarlo, tomé una de las almohadas y se la puse en la cara. Apreté con fuerza y su llanto bajó de tono. Seguí apretando y sentí cómo se movía ese monstruo debajo de mí. Y entonces, al poco tiempo, se calló. Su silencio fue para mí la cosa más reconfortante del mundo. Ahí estaba esa cosa, en mi cama, con la mirada perdida en el techo, como buscando a su padre, el Gavilán. Agarré una bolsa negra y lo metí como perro dentro de ella. Salí de la casa por la parte de atrás para que mi mama no me viera y llevé conmigo la bolsa. Agarré un taxi y le pedí que me llevara a la cuesta de la Gavilana. Sería una tumba apropiada para el monstruo que llevaba en la bolsa. El taxi me dejó al lado de la carretera y, cuando se fue, subí a un pequeño bordo que hay ahí. «¿Estás listo para volar?», le pregunté. Agarré la bolsa y, con fuerza, la lancé al vacío. La lancé hacia el abismo, hacia la nada, hacia el olvido.

Después de hacerlo, volví caminando a Estelí. Cerca de El Semáforo me topé con una patrulla. Mi mama venía en ella y se bajó con unas policías. «¿Qué hiciste?», me preguntó. «Le enseñé a volar, como su papa», le respondí, entre risas. Tuve que llevar a las policías a la Gavilana y mostrarles el lugar en el que lo había tirado. Al poco tiempo recuperaron la bolsa. Mi mama me abofeteó fuertemente mientras las policías me esposaban. El juicio duró poco y, por supuesto, me condenaron a la pena máxima. La jueza decía que nunca había visto a alguien tan sin alma como yo, pero eso a mí no me importó. Ya era libre; a mi modo, pero libre.

«Señor periodista. Ya terminó el tiempo», me grita el guardia que me había traído. «Un minuto —le digo—. Ya voy». Me siento horrible tras escuchar la historia de Marta. Sabía que había hecho cosas espantosas, pero nunca me imaginé que fueran ese tipo de cosas. Ella me mira fijamente y, al hacerlo, sonríe mientras balancea sus pies y forma círculos con ellos. «Compa, sálgase ya», me dice el guardia con un tono brusco. «Voy», le digo. Le pregunto a Marta si tenía algo que decir, y ella me dice que me acerque, que apague la grabadora y que me incline para decírmelo al oído. Lo que me dice me deja helado mientras me sorprendo viéndole sus pechos.

Guardo mis cosas, me despido y le agradezco. Trago grueso, me levanto y camino despacio hacia la salida. Volteo y veo que ella se queda sentada, con el recuerdo a cuestas y la impotencia tatuada en la frente. Sus manos esposadas se entrelazan, como rezándole a un dios que no la escucha, y sus ojos, presos bajo un velo de arrepentimiento inútil, se pierden nuevamente en la negrura de la pared, en las sombras de la incertidumbre.

El guardia me guía hasta la salida. Recojo mis cosas de la entrada y vuelvo al trabajo. La historia es publicada y es todo un éxito de circulación nacional. La publican íntegra, con excepción de lo que Marta me dijo al oído. Una noche, mientras descanso con mi esposa en nuestra cama, ella me pregunta: «Ya me contaste todo, pero no me contaste qué fue lo que te dijo. ¿Te dijo acaso que estaba arrepentida de todo y que la ayudaras?». No le digo, no me dijo eso. «¿Te dijo que extrañaba a su mama?», continúa. «No, tampoco». «Y entonces, ¿qué te dijo? ¿Te pidió que ayudaras a su mama?». Harto de tantas preguntas, me armo de valor, trago grueso y busco en el rincón del olvido de mi mente las palabras atroces que Marta me dijo y que hasta hoy resuenan en mi cabeza. Esas palabras inundan mis sueños y me llenan de pesadillas, pues son las señales de una mujer vacía, destrozada y presa más allá de los barrotes. Le respondo despacio a mi esposa:
«Marta me dijo: ¿estás listo para volar?».

El Arte De Jacob Emory

Por aquellos tiempos no era más que un chiquillo de 10 años de edad, había nacido y crecido en un pequeño pueblito, pero a las personas no les agradaba Jacob, ya que, el ese entonces, tenía una cierta peculiaridad que a la gente no le agradaba; Jacob era un devorador de libros, cuando los demás niños jugaban o estaban platicando, Jacob simplemente estaba sentado leyendo un libro. Pero esta característica no era aquello que era desagradable para los demás, sino que Jacob era una enciclopedia viviente en cuanto a ocultismo se refiere, de hecho el sabía más aún que la propia gitana del pueblo.








Pero como siempre le ocurre a una persona de gran potencial nacida en un pueblo pequeño, este le queda pequeño para sus pretensiones, así que ni tarde ni temprano hizo sus maletas y se fue, durante 7 años nadie tuvo noticias sobre Jacob.






durante el transcurso de este periodo el ya se había convertido en un adolescente, tenía mi propia pandilla, era un chico atento, un buen muchacho. Un día, iba a la cafetería del pueblo acompañado de mi pandilla y amigos. ahí encontraron a alguien que nos resulto demasiado familiar.




Y entonces estaba hay, Jacob. No lo podía creer. Quien ya a sus 17 años era totalmente diferente a como los demás lo conociamos, todos nos sorprendimos porque su aspecto personal estaba un poco descuidado, y su actitud era un poco mas burlona.




Jacob sentado en la silla, hizo una seña con la mano y pidió a aquel joven que se acercara, los chicos se le acercaron y los saludaron, este solo se limitó a decirles:




-¿Quieren ver algo impresionante-




Los chicos le respondieron:




-¡Sí, claro queremos ver!-




Jacob hizo una petición:




–Necesito una hoja de papel-




Los chicos empezaron a tirar carcajadas sarcásticas, uno de ellos agarró una servilleta y se la arrojó a Jacob, este le dijo en un tono grosero:




–Ahí tienes, confórmate con esto-




Jacob sacó de su abrigo un lápiz y comenzó a dibujar una figura humana (Jacob no era un artista, pero era un dibujante bastante bueno), estos chicos cuando le iban a soltar un monton de comentarios sarcásticos, aquellas risas burlonas se callaron y las expresiones de los rostros de aquellos chicos se convirtieron en expresiones de terror, pues aquel dibujo cobro vida y comenzó a moverse en la servilleta.




Minutos mas tarde, la pequeña audiencia de aquella cafetería se convirtió en una muchedumbre, aquello era un alboroto total. Jacob empezó a dibujar perros y gatos, y estos comenzaron a moverse. Jacob tenia una gran idea en mente, así que mandó a pedir una carpa con muros blancos y al interior de esta se cobraba una entrada para que la gente pasara a admirar el espectáculo.




Jacob vestido de cirquero le gritaba a la gente:




-¡¿Qué quieren que dibuje?!-




Y la gente respondía:




–Dibuja una locomotora-




-Dibuja un dragón-




Jacob haciendo caso a las peticiones de la gente dibujaba lo que le pedía; Jacob sabía que el lápiz no le duraría para siempre, pero el le sacaba provecho hasta el momento.




Un día las peticiones de la gente se volvieron un poco más pasadas de tono:




-Dibuja un monstruo-




-Dibuja una mujer desnuda-




Y como era de esperarse, Jacob no se opuso a ninguna petición, pero a él no negarse a una de estas le costó todo.




Un chico, que hace ya mucho rato estaba gritando:




–¡¡¡¡JACOB, JACOB!!!!-




Jacob ya muy fatigado y muy cansado le responde en un tono similar al de una persona cuando la despiertan:




-¿Qué quieres?-




A lo que el joven le respondió:




-Jacob, dibújate a ti mismo-




Jacob quedo sorprendido, nunca nadie le había hecho una petición así, Jacob inocentemente pensó que no habría problema alguno. Pero esto seria un grave error. Así que Jacob comenzó a dibujarse en el muro, el mismo abrigo, el mismo peinado y complexión similar, etc.




Cuando Jacob terminó de pintar su autorretrato en el muro blanco, los demás dibujos dejaron de caminar, los minutos transcurrieron parecían horas, y aquel silencio helaba la sangre. Cuando el Jacob dibujado tomo vida, de su abrigo sacó un lápiz (una versión del lápiz “mágico” de Jacob).




Comenzó a dibujar una línea recta de abajo hacia arriba muy larga, luego de izquierda a derecha, luego de arriba a abajo. El Jacob falso estaba dibujando una puerta, Jacob atemorizado porque él sabía lo que pasaba, mientras que el público estaba anonadado con el espectáculo; “Aún recuerdo ese momento…” por el cuál hasta el día de hoy, se arrepintió por toda su vida.


el Jacob falso abrió la puerta, y los dibujos tuvieron acceso a él, aquello era una masacre total (uno de los monstruos tenía la garra en la mandíbula de Jacob y tiraba de ella hacia abajo, otro tenía su garra en el otro extremo de la boca e igualmente tiraba de ella pero hacia arriba, incluso uno de los monstruos tenía las pezuñas en sus ojos, lo estaban desgarrando).


El público corrió espantado, todo se vino abajo, esa fue la última vez que todos vieron a Jacob Emory vivo.


“Jacob Emory recibió lo que merecía”

domingo, 24 de julio de 2016

MADDIE

"Me dijo cosas tan secretas, Que tú no puedes oír, Me confesó algunos pecados, Que prefiero no decir..." Mi muñeca me habló (canción) Dicen que cuando los niños traviesos están en silencio por mucho tiempo, es porque algo muy malo están haciendo y eso fue lo resonó en la cabeza de Axel cuando se percató de que su hija, Edith, no se escuchaba correr ni gritar por los pasillos vacíos y silenciosos de la casa nueva. _ ¡Edith! ¿Qué estás haciendo? –Preguntó y en la casa sonó un eco que se estiró entre las habitaciones Pero ella no respondió. Axel estaba desempacando algunos adornos de vidrio y cerámica de Maia y poniéndolos sobre el estante de roble que le regaló su madre como obsequio de bodas, pero al no ver a Edith por ningún lado, dejó de hacerlo y buscó con la mirada hacia las proximidades de la casa que estaban dentro de su campo visual. Nuevamente no vio a nadie. _ ¡Maia! –Le gritó a su esposa que estaba en el segundo piso ¿Está Edith contigo? Ella bajó la escalera con apuro, sus talones sonaron en eco al golpearse con los escalones. _ ¿Edith? –Dijo No, pensé que estaba contigo. Ahora que me lo dices, no la he escuchado desde que comenzamos a ordenar esto último. –Giró la cabeza hacia afuera y dirigió su mirada al porche, sobre los tablones fríos de madera, había unas hojas de otoño coladas sobre la alfombra en la puerta principal, pero Edith no estaba allí. Hacía tres días que se habían mudado y ese había sido el lugar que había elegido para jugar a "tomar el té" con sus dos peluches grandes. Mi amor, ¿estás ahí? Caminó hasta allí, pero no la vio. El frente era grande, entre el porche y la verja había un gran cuadrado verde en el que florecían tristemente pequeñas florecitas de color amarillo apagado, siete higueras medianas y un enorme sauce llorón que en conjunto le daban a la casa un toque tétrico y melancólico. En el sauce, colgaba un hamaca hecha con dos cuerdas sucias y una madera gruesa e hinchada por la humedad, Edith se había hamacado varias veces allí, pero en ese momento, los ojos de su madre sólo percibían un columpio vacío y estático como un recuerdo congelado. _ ¿No la ves, cariño? –dijo Axel desde adentro _ No, no está aquí. ¡Edith! –Gritó de nuevo En eso, mientras el llamado de la niña se iba perdiendo entre las ásperas ramas de las higueras, Axel logró escuchar un tímido murmullo que venía desde una de las habitaciones. Dio media vuelta y se dirigió hasta allí, al verlo, Maia lo siguió. _ ¿Edith? –Dijo viendo la habitación entreabierta ¿A caso no te dije que no vayas a esa habitación? _ ¡Guarda silencio, papá te va a escuchar! –exclamó ella un segundo antes de que su padre se asomara por la puerta y se llevara una sorpresa. Aunque Edith los había desobedecido, ella parecía estar bien. Estaba sentada a los pies de la cama de dos plazas sobre el piso polvoriento y rechinante, frente a ella, había un cuadrado de terciopelo color rojo y finalmente, sobre éste yacía sentada una vieja y macabra muñeca. _ Niña, ¿qué estás haciendo? ¿No escuchas que te estamos llamando? Te dijimos que no entres aquí, estas cosas son de la antigua dueña del lugar. Entró a la habitación junto con Maia que acababa de llegar al lugar, era la segunda vez que lo hacían y no dudaban en tirar a la basura todos los muebles de la señora Amadine Tussaud, quién hacía ya diez años, se había suicidado precisamente en esa habitación por razones desconocidas. _ Lo siento, es que estoy jugando con mi nueva amiga, Maddie. Los ojos de sus padres se posaron como flechas despiadadas sobre la muñeca sentada sobre el terciopelo. En seguida, Maia se acercó para tomar la muñeca. _ Oh, Edith. ¿De dónde la has sacado? –preguntó levantándola, notando lo horrible del aspecto de la muñeca. _ La encontré en ésa caja. –dijo señalando con el dedo al baúl abierto en el rincón de la habitación Lo abrí y estaba ella, sonriendo alegre de haber encontrado una amiga, me ha contado muchas cosas y ahora es mi mejor amiga. _ ¿Contado? ¿Es parlanchina? –Preguntó su madre separando las dos cintas de velcro que su espalda para encontrar un parlante, pero no había nada _ No lo creo –agregó Axel, mira lo que es. Probablemente tiene más de cincuenta años. La muñeca estaba muy bien cuidada, pero por la supuesta antigüedad que mostraba su apariencia, lucía espeluznante. Tenía décadas dibujadas en su rostro de goma dura, pintado a mano los detalles de sus ojos, pestañas, cejas, labios y pecas. Tenía una mirada penetrante y profunda, que junto con el peculiar gesto de su cara y su sonrisita pícara daba la sensación de una niña curiosa y burlona que había descubierto algo y se jactaba por eso. Su pelo, sin duda y como todas las muñecas de su supuesta época, era real, de color castaño oscuro que le caía hasta la cintura y que podría estar reluciente si las cortinas pesadas, de color gris no hubieran impedido la entrada de los opacos rayos de luz del sol de otoño en la habitación. Llevaba puesto un desgastado vestido de novia de color lino, sobrecargado con tul y armado con seda y organza descolorida, acompañado con dos zapatitos negros que desencajaban con todo su vestuario. _ Mami, ¿me la puedo quedar? –Preguntó Edith _ Ay, no lo sé. Mejor te compro una nueva mañana –le contestó ella, desaprobando la idea de quedarse con ese horrible vejestorio _ ¡Yo quiero a Maddie, no quiero una muñeca nueva! –exclamó dramatizando la situación, sobresaltándose violentamente. Maia apartó la vista de la muñeca y se fijó en su hija, nunca había reaccionado así en sus seis años de vida. _ Está bien, está bien. Te la puedes quedar, pero no grites así. A mamá y papá no le gusta que nos grites. ¿De acuerdo? Ella asintió con la cabeza y le arrebató con ligereza la muñeca para retirarse de la habitación. Al irse, Maia se dirigió hacia Axel, todavía pensando en el comportamiento de Edith. _ ¿Viste cómo me gritó? Eso no es típico en ella. Axel se acercó hacia ella y la envolvió en sus brazos. _ Probablemente sea el estrés por el cambio de casa. Está en pleno crecimiento, no podemos exigirle mucho. –Le dio un beso que duró un par de segundos Y ahora que estamos hablando del tema, yo también me siento muy estresado y con ganas de... _ Axel, ahora no. –Interrumpió, apartándose de él, camino unos cuantos pasos por el dormitorio y le habló sin mirarlo Ya ha pasado más de un año y sigues sin comprenderme. Entiende que no es fácil para mí. Se fue hacia las ventanas y corrió levemente las dos cortinas para dejar pasar un poco de luz, quería evitar a toda costa tener otra discusión relacionada con su frigidez. _ ¿No es fácil para ti? –le dijo en un grito bajo Eso fue lo más egoísta que has dicho en los últimos años, ¿qué se supone que haga yo, que me masturbe hasta la vejez esperando en vano que mi mujer recobre su libido sexual? De verdad que me impresionas. _ ¡Yo no pedí esto! –exclamó y se escuchó desde afuera, pero Edith estaba muy ocupada hablándole en el oído a Maddie y poniendo su oreja en la boca de la muñeca _ ¡Yo tampoco! Y espero que lo consideres. Piensa un segundo en mí y verás que tengo razón. exclamó él Sin palabras, decidieron terminar con la discusión en ese instante. Ambos sabían que Edith había escuchado los gritos, tal y como lo había hecho los últimos meses, pero por lo menos se consolaban con su inocencia que no la dejaba comprender nada de lo que decían. Como si nada, siguieron examinando la habitación de Amadine, una antigua residente del pueblo, según los agentes de bienes raíces, una solterona antisocial que no salía de su casa si no era necesario y fiel seguidora de una religión africana de la cual no se tenían datos. Con esa información, pudieron comprender por qué en los roperos se escondían grandes cajas de velones de colores blancos, negros y rojos, junto con frasquitos con colonias, esencias y otros tipos de sustancias caseras que al destaparlos, despedían un olor asqueroso. También, entre la colección de posesiones de la señora Tussaud, había inciensos, sahumerios y materiales extraños que posiblemente usaba para ofrendas o trabajos especiales. A la tarde, todo eso fue tirado a la basura, incluido los muebles. Ninguno de los dos era supersticioso ni nada por el estilo, pero pensaban que era correcto apartar todas aquellas cosas relacionadas con la extraña Amadine y sus prácticas diabólicas, pero nunca pensaron la furia que desataría ello. Cuando las acciones del hombre son manejados por el deseo de la carne, la mente muere. Era justo lo que le había sucedido a Axel, que aprovechando el turno nocturno de Edith en el hospital, llevó una amiga a su habitación. Edith dormía tranquilamente abrazada a Maddie. Luego, durmió sola. Axel pasó de la mano de su amiga, Deborah, una rubia voluptuosa que había visto en internet y prometía dar un intenso momento de placer si de por medio había un moderado monto de dinero. Atravesaron el living rápidamente por si por esas ruines casualidades Edith se despertaba y los veía, pero no, estaba sumergida en un sueño profundo, sola hasta hace unos segundos. Subieron las escaleras, los pies golpeándose sigilosamente en los escalones parecían el galope de un caballo. Al atravesar el pasillo corto, ingresaron a la habitación. Axel, la tomó de la cintura y le besó el cuello, luego sus manos enfurecidas apretaron sus senos y luego sus nalgas. La desvistió rápidamente mientras ella le bajaba el cierre de su jean y sacaba su pene erecto. Una acción llevó a la otra y cuando quiso acordar, Axel estaba sobre Deborah, penetrándola con fuerza, vigor e ira en el piso de la habitación. Los gemidos aminorados se retumbaban en las paredes pero no las atravesaban. Después, todo terminó. Y volvió a empezar, una vez más. Creyeron que la puerta estaba cerrada, pero en realidad estaba entreabierta y a través de la fina pero agraciada rendija se proyectaba la visión fantasmal de un ojo de plástico tan curioso, como diabólico. Maia volvió a las tres de la mañana, antes de hacer nada, fue hacia la habitación de su hija para verificar que se encontraba bien. La vio plácidamente dormida, su rostro perfecto otorgaba ternura a quien lo veía. Fue hasta ella y le dio un beso en la mejilla, la arropó y acomodó a Maddie, quien descansaba sobre su brazo pero mantenía su cara pícara. Subió las escaleras y vio a Axel dormido en la cama, por un momento, pareció darle la misma ternura que Edith y por primera vez pensó en lo difícil que era su lugar como esposo, padre y hombre de la familia; "si hubiese sido otro hombre, seguramente ya me habría votado o se buscaría a una amante para que le dé el placer que no le puedo dar", pensó valorándolo y poniéndolo en el pedestal de "El hombre perfecto". _ Ya todo mejorará, amor. Estoy dispuesta a buscar ayuda médica. El sol se comenzó a asomar por el horizonte medio campestre cerca de las seis y media de la mañana, corría un viento fuerte, atónito y tormentoso. Maia decidió dejar en la cama a Edith, se podría enfermar si la llevaba a la escuela con una helada como la que cruzaba sobre ellos. Tres horas más tarde, todos desayunaban cereales y tostadas con mermelada en la mesa del comedor. Edith había protestado para que Maddie se siente a su lado y como su madre no soportaba sus tenaces insistencias, terminó cediendo a la voluntad de su hija; aunque le recordó que no es de buena educación poner muñecos en la mesa. _ ¡Maddie no es un muñeco, es mi amiga! –le gritó _ ¡Hey! Ya basta, niña. Tu madre ya te ha dicho que no le gusta que le grites de ese modo. –Dijo Axel tragando los cereales mojados en leche Edith se puso de pie, tomó con determinación su tazón de leche y se lo lanzó con fuerza a su padre. El plástico rebotó en su frente y lo empapó de leche. _ ¡Y a mí no me gusta que hablen así de Maddie! ¿Entendiste? ¡Maldito infiel! Todo el mundo parecía haber entrado en alguna especie de shock al ver la reacción de Edith. Sus padres habían quedado mudos, no entendían de dónde su hija había sacado tanta agresividad y cómo había aprendido las palabrotas que acababa de decir. _ Ed... Edith... dijo Maia soltando la caja de cereales al piso ¿Cómo te atreviste? Te desconozco... En el momento que Maia iba a emitir la siguiente pregunta, Axel se levantó poseído por una ira indescriptible, necesitaba poner en su lugar a su hija que de un día para el otro, actuaba con rebeldía, gritos, insultos y agresiones. Le tomó fuerte del brazo y alzó la otra mano para pegarle una palmada. _ Si me pegas, contaré tu secreto, hijo de puta. –espetó la niña con una sonrisa vil La soltó en seguida y junto con su esposa, le dirigieron una mirada fruncida y confundida. _ ¿De qué hablas, Edith? –Preguntó Maia La niña tomó a Maddie en la falda y sonrió hacia su padre. _ ¿Hay algo que quieras confesarle a tu esposa, Axel? Silencio. Caminó hacia el lavabo, se lavó la cara y se sacó la remera mojada de leche. Intentaba disimular el hecho, pero apenas podía. _ ¿De qué están hablando? –insistió Maia sintiendo en su pecho el fuerte latido de su corazón ¿Quién te enseño esas malas palabras? ¡Por Dios! ¡¿Qué es lo que les está pasando?! _ A mi nada, mami. Pregúntale a tu esposo sobre Deborah y te lo dirá. Bueno... pensándolo bien y según lo que me dijo Maddie hoy a la mañana, la idea de él era ocultártelo, entonces te lo diré. Papá trajo una mujer a la casa, más bien una puta, ya sabes, de esas que cobran por sexo. Su nombre era Deborah, la llevo a tu habitación y la cogió dos veces en el piso. La muy puta gemía como los demonios. Maia quedó sin respiración, su hija se había convertido en una completa desconocida para ella. _ ¡Por Dios, Edith! ¡¿Qué estás diciendo?! ¿Qué te está pasando hoy? –Interrogó Axel desesperado acercándose a ella y tomándole con ambas manos su carita _ No te hagas el disimulado le recalcó la niña, estoy diciendo la verdad. Mamá, por si no nos crees, Maddie sacó algunas fotografías con la cámara, la que está arriba de la heladera. Hubo un momento. Luego otro. Los pensamientos gritaban enfurecidos dentro de una llamarada de desconcierto y desesperación en las cabezas de sus padres. Axel estaba envuelto en un fuego interior que lo hacía sudar como burro y sentía como si su corazón quisiera salir de pecho y detenerse destrozado en el piso. Maia, confundida, aturdida e indecisa, comenzó a caminar hacia la heladera, del otro lado de la cocina y tomó la cámara digital de la familia. Axel las miraba a ambas, creyendo y queriendo que todo fuera una pesadilla. La mujer encendió la cámara y desde el comedor se escuchó un grito despavorido y el impacto de sus rodillas en las maderas del piso. Ambos corrieron hacia allí, Axel la abrazó y tomó la cámara. Ahora, su corazón se había convertido en un trozo de hielo blando y enfermo que estaba por detenerse. Se le formó un nudo en la garganta seguido de tres arcadas que lo hicieron tambalearse y caerse de rodillas junto a su esposa que justo se levantaba. Otra vez, el deseo y los pensamientos oscuros predominaron sobre la mente y la razón. Podría haber jurado que todos los cuchillos estaban en la otra mesada, pero por alguna razón, uno de ellos había aparecido cerca de la mano nerviosa y huesuda de la mujer desesperada. Un tajo. Una mejilla cortada. La madera reluciente manchada de sangre. Un grito, luego dos. Luego tres. Ira. Miedo. Un arduo trajinar le esperó en el hospital. Catorce puntos de sutura desde la unión izquierda de los labios hasta el lado opuesto del lagrimal. No se presentaron cargos, por supuesto que no. "¿Cómo es posible que una niña de cinco años pueda llegar a tal altura para tomar la cámara de fotos?" se preguntaba Maia mientras le acariciaba el cabello a su hija. Esa noche, se acostaron las tres juntas, pero una sola dormía, otra lloraba y la otra se regocijaba detrás de un rostro inmóvil. La comunicación matrimonial fue recobrada a la semana y media, pero no eran tan agradables como antes. Cualquier tipo de discusión anterior al día del suceso les había parecido una estupidez, emitían frases cortas y sin sentimientos, principalmente ella, quien ya no le miraba a los ojos. Axel sin embargo, sentía un profundo arrepentimiento, tan intenso que se asemejaba al sentimiento de estarse pudriendo lentamente desde el interior. La única tranquilidad que tenían, era que la insólita rebeldía de Edith había desaparecido. Había sido dos días muy extraños, en los que Edith había mostrado su lado más oscuro, había insultado, agredido y hablado con un vocabulario tan sucio como un chiquero de chanchos, pero por suerte, todo había vuelto a la normalidad, o casi todo. A parte la escasa comunicación, el cambio de dormitorio de Maia hacia el cuarto de su hija y la espantosa cicatriz en el rostro de Axel, había algo más que marcaba el sorpresivo cambio de estilo de vida de la familia y era la profunda y casi enfermiza obsesión de Edith por la muñeca de Amadine Tussaud, iba con ella hasta a la escuela y al llegar pasaba todo el día en su cuarto, en el porche o en la hamaca del sauce llorón hablándole como si fuera una persona viva con oídos de carne. La tarde del día era tan dormida y melancólica como la estación otoñal. Maia estaba sentada en uno de los sofás nuevos leyendo un aburrido libro de inteligencia emocional, Axel estaba dando clases en la escuela, en un par de horas llegaría a casa. En eso, Maia escuchó unos pasitos ligeros, caminar por el pasillo cercano, se sobresaltó banalmente al ver que era su hija acercándose a ella. Creyó que probablemente se aburrió de dibujar con crayolas en su habitación, "...o de hablarle a una muñeca de goma.", se dijo. _ Mami –dijo ella recostándose en su regazo, no quiero que duermas más conmigo. A ella le sorprendió la frase de su pequeña. _ ¿Por qué, amor? –Le dijo Recuerda que mamá está enojada con tu papá por lo que has descubierto sobre él ¿Lo recuerdas, amor? Nunca hemos conversado sobre eso. Ella bajó la cabeza para que su mamá le acaricie sus rizos cortos y cerrados. Después, la movió de un lado a otro para negar que existiera recuerdo alguno en su mente. Su madre no lo entendió en absoluto. ¿De verdad no lo recordaba o estaba evadiendo el tema? Justamente, en el libro que tenía en su mano hacía unos minutos había leído un párrafo que afirmaba que ciertas veces la mente era selectiva y para el bien de la persona, a veces suprimía aquellos recuerdos traumáticos para que no nazcan secuelas de ellos, quizás eso era lo que le ocurría a Edith, pero sólo era una de las tantas suposiciones que Maia tenía pendientes por resolver pero que no quería adentrarse, quizás por miedo a enloquecer. _ Está bien, hija. Entonces no hablaremos –le contestó pronunciando con sus dedos los rulos negros de la pequeña. Si te molesto en tu dormitorio entonces no tendré remedio que irme al que está vacío. _ ¿Al de Amadine Tussaud? –Preguntó, nuevamente sorprendiendo a su madre _ Sí, contestó ella. –Suponiendo que Edith había escuchado dicho nombre salir de la boca de su padre Diez minutos después, el trapeador empapaba los pisos empolvados de la habitación vacía. Tendría que esperar a Axel para que la ayude a mover la cama de una plaza que tenía dejada en el fondo, aunque últimamente odiaba la idea de pedirle ayuda o favores. A la noche, mientras la cena se preparaba casi sola, el dormitorio de Amadine, había cobrado vida. El piso estaba tan reluciente como si estuviera nuevo, aunque era necesario cambiar el empapelado de las paredes que le daba un aspecto antiguo y percudido al estar descascarado sobre la madera. El sol cayó rápido y pesado como una gigantesca bola de metal, la luna se mostró llena y dorada. Comieron sin formular una sola palabra, escuchando una inquietante melodía que Edith cantaba con la boca cerrada. De repente, habló: _ Mami, perdóname por echarte de mi habitación. Maddie y yo necesitamos estar solas. Ella también se disculpa por haberte mandado a la habitación de la señora Tussaud. Sus padres la miraron pero no prorrumpieron una sola palabra. Estaban impresionados con la habilidad de su hija en disociar sus pensamientos y repartirlos entre ella y aquél ídolo que parecía haberla hipnotizado desde el momento en que la encontró. Aun así, no dijeron nada; toda oración ficticia de Edith que hacía revivir teatralmente a Maddie, los hacía acordar al momento en que su forma de vida cambió de improvisto. Todavía ninguno pensaba cómo superaría esa dura etapa, ni siquiera lograban resolver cómo mantenerla. _ La cena está deliciosa, cariño. –Dijo Axel sonriéndole a Maia Edith los observó callada, esperando algún tipo de reacción, y la encontró. Maia apartó la vista de sus espaguetis para apuntarla a su esposo, a quien le proyectó una expresión nula. Luego, no pudo contener una carcajada cargada de rabia y para no seguir con el tema, se levantó de la mesa y se fue a su cuarto con prisa. Desde el comedor se escuchó el portazo. _ Disculpa a mamá, pequeña. –Le dijo a Edith pronto me podrá perdonar. Todo el a mundo comete errores, ¿sabes? Y a veces con ellos lastimas a la gente que amas. Eres muy pequeña para entenderlo... pero a alguien se lo debo decir. Sus ojos azules se cristalizaron en lágrimas y uno de ellos soltó una que se resbaló por su mejilla. Tres de la mañana. La casa se volvió muda. Toda la familia descansaba en el mundo onírico, cada uno en su habitación. En eso, Edith, que siempre dormía acompañada, nuevamente quedó sola. Una niña de plástico corría libremente por la caza oscura, cuyos únicos rayos que la iluminaban de forma vaga, eran los de la luna imponente pero aun así, débil e impotente. Algo logró interrumpir el descanso de Maia, era un llamado, una voz: _ Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... ¡Maddie es Amadine! –Sonó fuerte dentro de su cabeza y le causó un sobresalto que la hizo despertarse cubierta en sudor frío Se sentó en su cama de golpe, como si hubiese sido revivida con un desfibrilador. Sentía el corazón latir rápidamente, como el de una rata. Entre la luminosidad opaca de la luna, pudo distinguir fácilmente que la puerta de su habitación estaba abierta. Frunció el ceño y luego su corazón estalló de miedo. Iba a gritar, pero su lengua pareció devolverle el grito a su interior. La muñeca, Maddie, estaba allí, parada a los pies de la cama, congelada pero persistente, como la misma luna. "Esto debe ser una broma de Edith", quiso suponer cuando notó que una mano de la muñeca estaba levantada y su dedo índice señalaba precisamente hacia la pared. Como un acto reflejo o por la misma situación de subordinación que le imponía el miedo en ese momento, giró su cabeza hacia donde le señalaba el dedo y descubrió que justo en ése lugar, había una abertura en el empapelado color verde oliva. Frunció el ceño nuevamente, tomó valor y se puso pie. Por algún motivo, su postura ante aquel insólito hecho era firme, quizás era porque nunca le había tenido miedo a este tipo de cosas o tal vez porque una parte de ella, seguía creyendo que estaba dentro del sueño. Respiró hondo y metió la mano en aquel tajo que casi pasa desapercibido para su adormecida visión. Al meter la mano, se percató que en aquel espacio, el papel no estaba pegado y probablemente lo habían hecho a propósito. Finalmente, no fue muy difícil retirar lo que había allí. El color denotaba el paso de los años, en un tiempo fue un sobre blanco e impecable. Olvidándose de que la muñeca estaba detrás de ella, rompió el sello que lo bloqueaba, una fina lámina adhesiva con la palabra "Tussaud". Sacó la hoja dura que estaba doblada en cuatro y la leyó: "Malaventurado aquél que lea éste mensaje escrito en el pasado, leído en el presente y ocurrido gran parte en el futuro. Los grandes espíritus del Santa África me han prometido una reencarnación. Y yo, fiel cordero, accedí a cambio de tres sacrificios. Según sus predicciones, todos los hechos ocurrirán, siempre y cuando les obedezca en todo, poniendo mi sabiduría por debajo de su poder, tanto es así, que ni siquiera sé por qué ni a quién le escribo estas palabras, pero así me lo han mandado. Ya tengo todo lo necesario para el ritual, he seguido sus pasos al pie de la letra y se que aún después de muerta tendré que terminar con la vida de tres almas mas. Mi cuerpo, será entregado bajo mi absoluta voluntad, pero todos lo entenderán como un suicidio. Los otros dos serán entregados en el futuro, justo antes de reencarnar en carne y sangre en el cuerpo de una de mis víctimas. Hasta ese entonces, no seré Amadine, sino Maddie, la niña de plástico." Maddie... Maddie... Maddie... El nombre retumbó en su cabeza e hizo temblarle las rodillas. Nuevamente se acordó de quién estaba atrás suyo y dio vuelta con violencia. Al descubrir que el espacio que ocupaba Maddie, ahora estaba vacío pegó un gritó chirriante que hizo resonar el vidrio flojo de la ventana. _ Ésa cosa se ha ido. Oh, no... ¡Edith! –gritó Corrió envuelta por un espanto atónito hacia la cocina y tomó el cuchillo que por casualidad creía ella, estaba sobre la encimera más cercana, cuando en realidad la niña de plástico lo había puesto allí. Los ruidos de aquella casa con los pisos de madera, los gritos a altas horas de la noche y las pesadillas inoportunas hicieron que Axel se despierte también con una sacudida alborotada. Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... sonaba en su cabeza. De pronto, sintió que abajo corrían unos pasos apresurados y descalzos. En seguida salió de la cama para ver lo que estaba pasando. _ ¿Dónde estás? –dijo Maia ingresando a la habitación con el cuchillo en la mano ¡No voy a dejar que dañes a mi hija! –gritó Un brazo fuerte le apretó la muñeca y le quitó el cuchillo, ella volvió a gritar, pero Edith no se despertó. _ ¿Qué mierda estás haciendo? –Exclamó en voz baja Axel, tirando el cuchillo lejos del lugar Ella no supo qué contestar, ni tampoco quería. _ Yo... no es lo que parece. –Dijo Axel soltó una carcajada nerviosa. _ Imagínate cómo hubieses reaccionado tú si hubiera dicho eso cuando viste las fotos. –Se acercó más a ella y la penetró con sus ojos furiosos Escúchame bien, si le haces algo a Edith, los vas a lamentar de verdad. –Percibió en el rostro de la mujer una increíble cantidad de miedo y se retiró con la seguridad de que nada más sucedería Cuando se dice que las cosas no pueden estar peor, se vuelven peores. Escuchó a Axel subir las escaleras, mientras ella se dirigía a su cuarto. Vio el tajo agrandado en el empapelado de la pared y metió la mano dentro, pero no había carta alguna. _ ¿Dónde la he metido? –Dijo en voz alta buscando por todos los lugares Se fijó en los rincones, debajo de la cama y hasta en la encimera de la cocina, pero la carta no estaba. Volvió a su cuarto. _ ¿Estoy quedando loca? ¿Todo ha sido un sueño? ¿Me lo he imaginado? La noche transcurrió como si no hubiese pasado nada. El sábado nació soleado y precioso, parecía un día primaveral. Maia creía que lo que había pasado ayer era una especie de sonambulismo mezclado entre el sueño y la vigilia, lo más raro de todo era que nunca le había pasado algo así, nunca podría determinar cuándo había comenzado y cuándo dio fin. La oreja pequeña de Edith estaba pegada en la boca de Maddie. _ ¿Quieres ir a la hamaca? –Le preguntó la niña Está bien, vamos. Corrió alegre con saltitos infantiles hacia allá. Aunque Maia se había obligado a convencerse que lo que había pasado, era una mala jugada de su conciencia, ordenando la cama, ojeaba sigilosamente por los rincones por si encontraba la carta fantasma, pero no la halló por ninguna parte. Axel se estaba haciendo un emparedado para llevar al trabajo, a pesar de que era sábado tenía un horario muy apretado durante la tarde. Mientras untaba mayonesa sobre el fiambre, su atención de desvió cuando encontró justo cerca de sus pies un sobre amarillento sin bloquear. En seguida, lo levantó. Extrañado por haber encontrado algo tan inusual en la cocina de su casa, lo abrió y retiró de su interior el papel grueso doblado en cuatro que al abrirlo supo que se trataba de una carta, escrita en manuscrita con una especie de delineador de ojos de color rojo. Allí mismo, lo comenzó a leer: "Amor mío. No te imaginas cómo me gusta escribirte por este medio, este tipo de códigos, el sobre, la carta y el delineador rojo me causan tanto morbo que me éxito en escribirte. Te quiero decir que todo ha salido a la perfección. El idiota de Axel todavía no se pregunta cómo es que una estúpida niñita de cinco años pudo haber tomado tales fotos. La verdad es que me has sorprendido con tus enfoques, por fin lo hemos capturado con las manos en la masa. Él ni siquiera se imagina que tú existes y encima se cree culpable de nuestra situación. Ahora que lo pienso, soy muy buena actriz llorando o quizás son mis increíbles ganas de mandarlo a la mierda que me hace desempeñarme como una actriz eximia. Todo marcha a la perfección. Sólo nos queda esperar que crea que estoy loca y que quiero matar a nuestra estúpida hija para que ambos se larguen de aquí y así nosotros podamos vivir tranquilos en nuestra casa nueva. Pronto te traeré nuevas noticias. Te amo, Maia." El descubrimiento hizo sumergir a Axel en un océano infinito de ira y dolor. Caminó casi corriendo hacia la habitación donde ella estaba, al mismo tiempo que Edith quedaba sola en la hamaca, sin Maddie. Axel se asomó con precisión en la puerta, vio que su esposa buscaba algo casi sin descanso mientras daba una barrida descuidada en el cuarto. _ ¿Buscas esto? –Preguntó levantando el brazo con el sobre en la mano Ella vio el sobre y sintió un ligero palpitar, no sabía si sentirse feliz por el hecho de que no estaba enloqueciendo, o mal por haber descubierto que se habían mudado a la casa indicada. _ Sí –contestó con firmeza, eso es lo que busco. Supongo que ya lo has leído. A Axel le sorprendió la naturalidad y la falta de vergüenza de su mujer, hasta le era difícil diferenciar a esa desconocida con la que había conocido y había jurado amor eterno. _ Supones bien –le contestó. ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelo? –dijo expresando rabia en su rostro Ella no respondió, aunque era una situación extraña que se debía conversar seriamente, no era un tema con el que podría entablar una conversación con un esposo infiel. Su orgullo pesaba aún más que todo eso. Sin embargo, una parte de ella estaba comenzando a insistir en dejar todo atrás, por lo menos de forma temporal y comenzar a preocuparse por lo que de verdad importaba: los sucesos paranormales que habían sucedido en la casa desde la llegada y las horrorosas apariciones de la muñeca de Amadine; podría odiarse después, pero primero estaba el bienestar de su hija y eso era algo que le incumbía a los dos, más allá del error y la falta de respeto de Axel hacia la familia. Le tardó considerarlo medio segundo y entonces, se dispuso a hablar.
_ Está bien. Disculpa por no habértelo dicho... _ ¿¡Disculpa!? –Interrumpió enloquecido ¿Cómo quieres que te disculpe por una cosa de ésta? Admito que yo me he equivocado en traer una mujer a la casa, pero no se compara con lo que planeas hacer tú. No puedo creer cómo nos has traicionado –sus ojos despidieron dos líneas de lágrimas que cayeron por sus mejillas, una de ellas, se metió dentro del surco rojizo de su cicatriz y se quedó estancada, sin posibilidades de hacer nada y todo por un hombre. _ ¿Qué... qué estás diciendo? –Dijo ella tartamudeando, viendo que Axel se ponía de cabeza gacha para iniciar un lastimado sollozo Con un signo de interrogación dibujado en su rostro, dio dos pasos ágiles hacia delante y le arrebató el sobre de la mano, lo abrió notando que el sello con el apellido "Tussaud" escrito ya no estaba, lo sacó y leyó aquel extraño mensaje escrito con el delineador que hacía dos días había perdido. Su pecho dio un vuelco tan inmenso que le fundió en una sacudida interna. La letra era casi igual a la suya, pero ella no había escrito eso. _ ¡¿Qué es esto?! Yo no hice esto. –Axel levantó la mirada como un tigre asesino No, amor debes creerme, nos están tendiendo una trampa. ¡Maddie...! La muñeca de Edith en realidad es Amadine que quiere matarnos para completar su sacrificio –se acercó nuevamente hacia él y lo tomó de las mejillas, ¡Por favor, créeme! Él puso la mano en su pecho y la apartó con fuerza. _ ¡No seas ridícula y admite que también eres una adúltera! Fue despedida hacia atrás, pero no con tanta fuerza como para que se produzca el trágico momento que estaban por sufrir. Apoyó la punta del pie derecho y luego su talón para evitar caer al piso. Luego, necesitó apoyar el otro, pero éste no llegó al piso. Su pie se torció de repente al pisar una superficie redonda, parecido a un balón. Su tobillo se rompió con un crujido. El cuerpo de la pobre mujer cayó duro y congelado como un ángulo de noventa grados volviéndose llano. Su cabeza se golpeó con el borde de la cómoda donde guardaba la ropa y un tajo sangriento se dibujó en su sien. Cayó sin vida y a sus pies, estaba inanimado el objeto que había pisado, no era un balón, sino una cabeza: la cabeza de la niña de plástico. Las orbitas oculares de aquel hombre nunca habían sido tan grandes. No podía creer que un simple empujón hubiese podido desencadenar tal tragedia. Sus manos estaban embarradas de un acto homicida. _ No... ¿qué acabo de hacer? –Dijo tomándose con fuerza y locura los cabellos de su cabeza Una vena nerviosa saltó perpendicular a su frente y se levantó sobre su piel traspirada y brillante. _ Maia... espetó sollozando un llanto de vidrio No, no, no, no... agregó en un desespero agitado Yo no lo hice... yo no la maté, ella se tropezó... Sí... se tropezó con el muñeco y se golpeó la cabeza. Lo que decía era cierto, pero ninguna clase de autoridad se lo creería. Hacía poco más de una semana había sido marcado de por vida en su rostro por un cuchillo que Maia había manipulado y no presentó cargos. "¿Por qué no lo hizo?..." pensaría la policía "... ¿será que quería hacer justicia con sus propias manos?" Se veía sin salida, incapaz de poder actuar o moverse. Quedó mirando espantado el cuerpo muerto de su mujer a los pies de la cómoda, con su cabeza ensangrentada emanando como una cascada grotesca cada vez más y más sangre. Sus ojos, aunque ya no veían nada, estaban completamente abiertos, casi como los de él, mirando fúnebremente lo trágico del destino y lo escuro de la muerte. De pronto, algo lo sacó de aquella nube maligna de la que había sido metido sin querer y lo introdujo otra vez en la nerviosa desesperación. _ ¡Maddie! –gritó Edith desde afuera ingresando a su casa La entrada principal quedaba a solo cuatro metros y una puerta de la escena del crimen. Axel no sabía qué hacer. _ Maddie, ¿Dónde estás? –preguntó entrando Maddie... otra vez se nombraba a la maldita muñeca que había sido testigo del crimen. Axel no la había visto detrás de su esposa hasta después de fallecer. "Si tan sólo fuese alguien con vida, la enviaría a la cárcel, porque ambos sabemos que yo no he sido el asesino.", se dijo en su interior considerando que estaba al borde de la locura. La vena que había crecido en su frente le deformaba la cara casi tanto como su cicatriz, dentro de ella, corría su sangre homicida furiosa y vertiente como la de la cabeza de Maia. Se dio la vuelta y cerró la puerta de un golpe, ni siquiera se dio cuenta que estaba actuando, hasta parecía verse afuera de él mismo, desconociéndose como persona. Tomó con fuerza el cuerpo de Maia y lo metió bajo la cama. Gotas de su helado sudor cayeron en el ínterin. El puño de su hija golpeó la puerta. _ Mamá, ¿Maddie está allí contigo? –Preguntó desconociendo lo que ocurría detrás de la puerta El atlético estado de Axel lo había beneficiado en aquél momento, sólo tardó unos segundos en esconder el cuerpo de su madre. Luego, movió la cómoda hacia delante para que ésta quede encima del charco de sangre. Respiró hondo y abrió la puerta. Edith lo vio y le causó asco verlo en ese estado. Lucía traspirado, despeinado y agitado. Pero cuando vio que tenía a la muñeca en su mano la tomó rápidamente y se olvidó del tema. Dio media vuelta y se fue de nuevo hacia la hamaca. _ ¿Dónde estabas? –Se le escuchó decir Me dijiste que ibas al baño y terminaste en el cuarto de mamá... La palabra "mamá" resonó en su mente junto con otra que desde hacía varios minutos evitaba afrontar: Criminal. Pidió faltar al trabajo esa tarde por motivos de salud, confesó que no le importaba el monto de dinero que le descontarían de su sueldo el próximo mes por ello. Lo que haría en el correr del día no lo pensó mucho, estaba demasiado choqueado como para poder realizar sus acciones con claridad. Primero, esperó que su hija se duerma, tan profundamente como acostumbraba a hacerlo. Sacó del fondo de la casa una enorme hoja de plástico grueso, con la que envolvía las vigas y otros elementos que había comprado para la reformación del hogar y la llevó hacia el lugar del crimen. La colocó sobre la cama de una plaza y recostó a su esposa encima, tapándola después con una manta roja. Acto siguiente, la limpieza total e impecable del lugar.
Mientras trapeaba no dejaba de pensar en el hecho de que su hija ya no vería más a su madre. No tuvo necesidad de mentirle, por alguna razón no le había preguntado dónde se encontraba su madre que no había visto en todo el resto del día. Cada lágrima que derramaba en el piso, era eliminada con el agua enjabonada que liberaban las cuerdas del trapeador y que se mesclaba con la sangre espesa pegada en los tablones. Cuando terminó, hizo lo más difícil. Mientras todo secaba, envolvió como a un enrollado al cadáver en el plástico y con las puertas de la habitación, de la entrada y de la camioneta abiertas, se transportó con rapidez y sigilo con su mujer en los brazos, rogando a la suerte no encontrarse con Edith despierta. Cuando quiso acordar, estaba en el asiento delantero con la mano en la llave, comenzando a llevar a su esposa al rio más cercano, a unos dos kilómetros de allí. Si la suerte lo acompañaba, no lo atraparían. El rio corre fuerte y desemboca en una cascada de piedras, sabía que era un indigno adiós hacia el cuerpo de su mujer, pero debía elegir entre eso y pasarse toda la vida en la cárcel. La próxima imagen que tenía de sí, era su cuerpo recién bañado, acostado en la cama matrimonial, sin mover un sólo musculo, sin creer lo que acababa de pasar ese día. No supo cuándo se durmió, pero cuando quiso acordar, el sol ya se había asomado por completo desde el frío horizonte. Se desperezó con sus parpados congelados, para él solo habían pasado unos minutos, su cuerpo no tenía muestras de sentirse descansado y necesitaba estarlo para afrontar todas las mentiras que debería formularle a la policía para no ir preso, se tomaría todo el día para pensar bien en eso y a la noche llamaría a las autoridades para anunciar la extraña desaparición de su mujer. Se sentó en la cama y abrió los ojos. Gritó del susto. El reloj casi marcaba las ocho de la mañana, era imposible que Edith ya haya despertado. Justo al lado de su cama, estaba Maddie parada, como si sus pies de plástico estuviesen clavados en el piso a través de la alfombra color roja. En la casa había un silencio que le producía un leve zumbido en sus oídos, luego se escucharon unos pasitos secos que provenían del pasillo. Era Edith. Entró a la habitación con un rostro inentendible, sus ojos lucían apagados y artificiales, como si por ellos hubiese perdido la esencia de su vida. Estaba vestida con su camisón blanco de cama y se veía media perdida. _ ¿Edith? ¿Estás bien, pequeña? –le preguntó su padre, como si en su cabeza no tuviera ningún problema por el que preocuparse. Ella no respondió al instante. Luego, bajó la cabeza hacia Maddie, quién estaba de espaldas a ella. La subió de nuevo y en el instante que iba a comenzar a hablar, le bajaron de sus narinas dos finas y brillantes líneas de sangre que se deslizaron por sus labios y cayeron sobre la cabeza de Maddie, manchando el tul de su vestido de novia. _ Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos. –Dijo y salió corriendo a toda velocidad Su padre se paró inmediatamente y salió en busca de ella. _ ¡Edith!... ¡Edith, vuelve aquí! –le gritó antes de salir del cuarto, pero se detuvo en la puerta y dio un giro de ciento ochenta grados para ver de espaldas a Maddie. "Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos..." recordó y se estremeció del miedo. _ ¡¿Qué carajo está pasando?! –Gritó al techo agarrándose mechones de su cuero cabelludo con tanta fuerza que los arrancó No... esto no es real, esa muñeca sólo es juguete, ¡un estúpido juguete! Maia no estaba en lo cierto, Edith está confundida y yo... bueno, creo que yo sí estoy loco. Todo eso lo había dicho con los ojos apretados y cuando los volvió a abrir, la muñeca estaba con la cabeza dada vuelta, mirándolo con los ojos más vivos del mundo. Axel notó que las manos de Maddie estaban manchadas de color rojo y una de ellas cargaba un lápiz, precisamente el mismo que había perdido Maia y con el que supuestamente había escrito a su amante. El estómago Axel se torció de repente y lo hizo encorvarse haciéndole escupir un vómito verde con manchones rojos de sangre que se desparramó fuera del borde de la alfombra. Su respiración era agitada, pero cuando vio la sangre, se aceleró aún más. _ ¡No nos matarás! –Le gritó desquiciadamente ¡No nos podrás matar, Amadine! ¡Primero lo haré yo! Y de nuevo recordó la frase que había dicho Edith: ""Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos...". Sin pensarlo dos veces, cargó la muñeca y la acostó boca arriba sobre la cama, luego la volteó, sus ojos lucían demasiado reales como para volverlos a mirar. _ Bien, Edith ha dicho que no estás vacía. ¿Qué mierda llevas en tu interior, maldita puta? –le dijo destrozando el velcro para desvestirla Descubrió su espalda y vio en su cuello la palabra "Maddie", más abajo, en el medio de su envés estaba escrita la frase "Ábreme si quieres vivir" y al momento en que lo leyó corrió hacia la cocina a buscar el cuchillo más grande. Sin piedad alguna, penetró aquél plástico como a un trozo de carne muerta y le hizo un tajo que recorrió su espalda, lo abrió y halló en el interior un sobre pequeño, de apariencia exacta al que había encontrado hacía veinte horas, con la diferencia que éste estaba bloqueado con un sello rectangular con el apellido "Tussaud" escrito. Lo abrió desesperadamente y leyó lanzando de su boca sucia de vómito, un gemido de horror que no cesaba. "Mis queridos malaventurados, no lo tomen de manera personal todas las desdichas que le he hecho pasar. No quería hacerles sufrir, pero no podré revivir plenamente si no entrego antes de tiempo los tres cuerpos necesarios. Aun así, si estás en contra de mis planes, te doy el permiso para que continúes tu vida en paz. Simplemente debes enterrar mi cuerpo de plástico, aquél que tome prestado para realizarlo todo y entiérralo bajo una de las higueras en un agujero profundo y grande como para poner un humano, sólo de ésta forma mi alma descansará en paz y ya no podré volver al mundo real. Mis dioses son deidades muy generosas con los humanos y aún en contra de mi voluntad, me han obligados a decirles la solución a su problema, pero recuerda, sólo podrás lograrlo si todavía no han muerto dos de ustedes" Axel no sabía si en ese momento debía gritar de felicidad o entregarse al terror que corría por sus venas y que hacían que su pecho estalle en latidos. Agarró a la muñeca de los pelos corrió como un felino africano hacia el fondo de su casa para tomar una pala de excavación. Afuera caía un rocío invernal, pero a Axel ni siquiera se le pasó por la cabeza abrigarse. Atravesó nuevamente la casa, ésta vez su meta era el frente hacia la higuera más cercana, tenía ambas manos ocupadas y en su mente yacía la pregunta "¿Dónde está Edith?" La llamó a gritos imaginando cómo se lamentaría si estuviese muerta, no solamente porque se quedaría sólo, sino porque habría faltado a la única condición que tenía el macabro juego de Amadine, no enterrar a la muñeca si ya hay dos personas muertas. Cuando salió por la puerta delantera, vio a Edith de espaldas sentada sobre la hamaca del sauce, parecía estar en perfectas condiciones pero no quiso vociferarle, algo dentro de sí le decía que debía terminar con el entierro cuando antes y además comprendía como comprendía la obsesión de su hija hacia la muñeca, la verlo enterrarla protestaría contra él y no tenía tiempo para ese tipo de escenas. Tiró la muñeca hacia un lado y de inmediato comenzó a cavar. Al hacerlo, Edith se dio cuenta de lo que hacía y se acercó a él, inexplicablemente no levantó queja alguna, permaneció callada todo el tiempo salvo tres o cuatro veces en donde tosía y le sangraban las narices, en esos momentos era en los que Axel más se apresuraba. Por suerte, la tierra estaba húmeda por el abundante rocío que la había ablandado, entonces no tardó mucho tiempo en cavar el gran pozo. Cuando terminó, no pudo evitar largar una aturdidora carcajada cuyo aullido demente torció del miedo hasta a las higueras. Agarró del pelo a la muñeca que había permanecido inmóvil todo el tiempo y la arrojó adentro. _ ¡Ahí tienes tu maldito pozo, hija de puta! ¡Ahora déjanos en paz! –le exclamó Cargó un montón de tierra con la pala y comenzó a llenar el pozo, pero algo lo detuvo. Sintió un dolor indescriptible en su espalda, algo frío y filoso lo había atravesado de atrás, percibió que sus pulmones le ardían pero al mismo tiempo sentía congelado el resto de su cuerpo. Tosió una vez y de su boca saltó un chorro de sangre, su respiración ahora había alcanzado el punto máximo de agitación y cada vez le costaba más tomar aire. Edith retiró el cuchillo que había clavado en la espalda de su padre y soltó una risita al mismo tiempo que éste caía al pozo. Golpeó su cabeza con la tierra húmeda y desparramada, estaba boca arriba junto a la muñeca Maddie que enigmáticamente, tenía la nariz y la boca empapadas de sangre. Aún con el dolor que estaba terminando con su vida y la tos sangrienta que sucedía cada cinco segundos, tomó fuerzas para decir sus últimas palabras. _ Ed... Edith... ¿Qué me has hecho? La niña se rió nuevamente y agarró la pala del piso, luego habló: _ ¿Edith? –Largó una carcajada malvada Éste ya no es el cuerpo de tu hija. Ella ahora está muerta, justo a tu lado. –Axel le dio un vistazo a la muñeca y en un esfuerzo de llorar, una corriente de dolor le hizo retorcer su cuerpo, la niña siguió hablando Lo más gracioso de todo es que yo sólo te he matado a ti, pero tú... tú has matado a toda tu familia, accidentalmente, pero en fin, los has matado a todos. Por si el dolor no te deja darte cuenta, cuando abriste a la muñeca por la espalda para retirar el sobre, en realidad se lo estabas haciendo a mi querida amiga Edith, pero no te preocupes, posiblemente murió en el segundo y sin darse cuenta; y ahora morirás tú, tal y como me lo han predicho los dioses. –En ese momento, Axel dejó de respirar y el viento furioso: el viento de mal, sopló por toda la casa Ya he entregado mis tres ofrendas, ya los he sacrificado y ahora, estoy nuevamente viva.