domingo, 24 de julio de 2016

MADDIE

"Me dijo cosas tan secretas, Que tú no puedes oír, Me confesó algunos pecados, Que prefiero no decir..." Mi muñeca me habló (canción) Dicen que cuando los niños traviesos están en silencio por mucho tiempo, es porque algo muy malo están haciendo y eso fue lo resonó en la cabeza de Axel cuando se percató de que su hija, Edith, no se escuchaba correr ni gritar por los pasillos vacíos y silenciosos de la casa nueva. _ ¡Edith! ¿Qué estás haciendo? –Preguntó y en la casa sonó un eco que se estiró entre las habitaciones Pero ella no respondió. Axel estaba desempacando algunos adornos de vidrio y cerámica de Maia y poniéndolos sobre el estante de roble que le regaló su madre como obsequio de bodas, pero al no ver a Edith por ningún lado, dejó de hacerlo y buscó con la mirada hacia las proximidades de la casa que estaban dentro de su campo visual. Nuevamente no vio a nadie. _ ¡Maia! –Le gritó a su esposa que estaba en el segundo piso ¿Está Edith contigo? Ella bajó la escalera con apuro, sus talones sonaron en eco al golpearse con los escalones. _ ¿Edith? –Dijo No, pensé que estaba contigo. Ahora que me lo dices, no la he escuchado desde que comenzamos a ordenar esto último. –Giró la cabeza hacia afuera y dirigió su mirada al porche, sobre los tablones fríos de madera, había unas hojas de otoño coladas sobre la alfombra en la puerta principal, pero Edith no estaba allí. Hacía tres días que se habían mudado y ese había sido el lugar que había elegido para jugar a "tomar el té" con sus dos peluches grandes. Mi amor, ¿estás ahí? Caminó hasta allí, pero no la vio. El frente era grande, entre el porche y la verja había un gran cuadrado verde en el que florecían tristemente pequeñas florecitas de color amarillo apagado, siete higueras medianas y un enorme sauce llorón que en conjunto le daban a la casa un toque tétrico y melancólico. En el sauce, colgaba un hamaca hecha con dos cuerdas sucias y una madera gruesa e hinchada por la humedad, Edith se había hamacado varias veces allí, pero en ese momento, los ojos de su madre sólo percibían un columpio vacío y estático como un recuerdo congelado. _ ¿No la ves, cariño? –dijo Axel desde adentro _ No, no está aquí. ¡Edith! –Gritó de nuevo En eso, mientras el llamado de la niña se iba perdiendo entre las ásperas ramas de las higueras, Axel logró escuchar un tímido murmullo que venía desde una de las habitaciones. Dio media vuelta y se dirigió hasta allí, al verlo, Maia lo siguió. _ ¿Edith? –Dijo viendo la habitación entreabierta ¿A caso no te dije que no vayas a esa habitación? _ ¡Guarda silencio, papá te va a escuchar! –exclamó ella un segundo antes de que su padre se asomara por la puerta y se llevara una sorpresa. Aunque Edith los había desobedecido, ella parecía estar bien. Estaba sentada a los pies de la cama de dos plazas sobre el piso polvoriento y rechinante, frente a ella, había un cuadrado de terciopelo color rojo y finalmente, sobre éste yacía sentada una vieja y macabra muñeca. _ Niña, ¿qué estás haciendo? ¿No escuchas que te estamos llamando? Te dijimos que no entres aquí, estas cosas son de la antigua dueña del lugar. Entró a la habitación junto con Maia que acababa de llegar al lugar, era la segunda vez que lo hacían y no dudaban en tirar a la basura todos los muebles de la señora Amadine Tussaud, quién hacía ya diez años, se había suicidado precisamente en esa habitación por razones desconocidas. _ Lo siento, es que estoy jugando con mi nueva amiga, Maddie. Los ojos de sus padres se posaron como flechas despiadadas sobre la muñeca sentada sobre el terciopelo. En seguida, Maia se acercó para tomar la muñeca. _ Oh, Edith. ¿De dónde la has sacado? –preguntó levantándola, notando lo horrible del aspecto de la muñeca. _ La encontré en ésa caja. –dijo señalando con el dedo al baúl abierto en el rincón de la habitación Lo abrí y estaba ella, sonriendo alegre de haber encontrado una amiga, me ha contado muchas cosas y ahora es mi mejor amiga. _ ¿Contado? ¿Es parlanchina? –Preguntó su madre separando las dos cintas de velcro que su espalda para encontrar un parlante, pero no había nada _ No lo creo –agregó Axel, mira lo que es. Probablemente tiene más de cincuenta años. La muñeca estaba muy bien cuidada, pero por la supuesta antigüedad que mostraba su apariencia, lucía espeluznante. Tenía décadas dibujadas en su rostro de goma dura, pintado a mano los detalles de sus ojos, pestañas, cejas, labios y pecas. Tenía una mirada penetrante y profunda, que junto con el peculiar gesto de su cara y su sonrisita pícara daba la sensación de una niña curiosa y burlona que había descubierto algo y se jactaba por eso. Su pelo, sin duda y como todas las muñecas de su supuesta época, era real, de color castaño oscuro que le caía hasta la cintura y que podría estar reluciente si las cortinas pesadas, de color gris no hubieran impedido la entrada de los opacos rayos de luz del sol de otoño en la habitación. Llevaba puesto un desgastado vestido de novia de color lino, sobrecargado con tul y armado con seda y organza descolorida, acompañado con dos zapatitos negros que desencajaban con todo su vestuario. _ Mami, ¿me la puedo quedar? –Preguntó Edith _ Ay, no lo sé. Mejor te compro una nueva mañana –le contestó ella, desaprobando la idea de quedarse con ese horrible vejestorio _ ¡Yo quiero a Maddie, no quiero una muñeca nueva! –exclamó dramatizando la situación, sobresaltándose violentamente. Maia apartó la vista de la muñeca y se fijó en su hija, nunca había reaccionado así en sus seis años de vida. _ Está bien, está bien. Te la puedes quedar, pero no grites así. A mamá y papá no le gusta que nos grites. ¿De acuerdo? Ella asintió con la cabeza y le arrebató con ligereza la muñeca para retirarse de la habitación. Al irse, Maia se dirigió hacia Axel, todavía pensando en el comportamiento de Edith. _ ¿Viste cómo me gritó? Eso no es típico en ella. Axel se acercó hacia ella y la envolvió en sus brazos. _ Probablemente sea el estrés por el cambio de casa. Está en pleno crecimiento, no podemos exigirle mucho. –Le dio un beso que duró un par de segundos Y ahora que estamos hablando del tema, yo también me siento muy estresado y con ganas de... _ Axel, ahora no. –Interrumpió, apartándose de él, camino unos cuantos pasos por el dormitorio y le habló sin mirarlo Ya ha pasado más de un año y sigues sin comprenderme. Entiende que no es fácil para mí. Se fue hacia las ventanas y corrió levemente las dos cortinas para dejar pasar un poco de luz, quería evitar a toda costa tener otra discusión relacionada con su frigidez. _ ¿No es fácil para ti? –le dijo en un grito bajo Eso fue lo más egoísta que has dicho en los últimos años, ¿qué se supone que haga yo, que me masturbe hasta la vejez esperando en vano que mi mujer recobre su libido sexual? De verdad que me impresionas. _ ¡Yo no pedí esto! –exclamó y se escuchó desde afuera, pero Edith estaba muy ocupada hablándole en el oído a Maddie y poniendo su oreja en la boca de la muñeca _ ¡Yo tampoco! Y espero que lo consideres. Piensa un segundo en mí y verás que tengo razón. exclamó él Sin palabras, decidieron terminar con la discusión en ese instante. Ambos sabían que Edith había escuchado los gritos, tal y como lo había hecho los últimos meses, pero por lo menos se consolaban con su inocencia que no la dejaba comprender nada de lo que decían. Como si nada, siguieron examinando la habitación de Amadine, una antigua residente del pueblo, según los agentes de bienes raíces, una solterona antisocial que no salía de su casa si no era necesario y fiel seguidora de una religión africana de la cual no se tenían datos. Con esa información, pudieron comprender por qué en los roperos se escondían grandes cajas de velones de colores blancos, negros y rojos, junto con frasquitos con colonias, esencias y otros tipos de sustancias caseras que al destaparlos, despedían un olor asqueroso. También, entre la colección de posesiones de la señora Tussaud, había inciensos, sahumerios y materiales extraños que posiblemente usaba para ofrendas o trabajos especiales. A la tarde, todo eso fue tirado a la basura, incluido los muebles. Ninguno de los dos era supersticioso ni nada por el estilo, pero pensaban que era correcto apartar todas aquellas cosas relacionadas con la extraña Amadine y sus prácticas diabólicas, pero nunca pensaron la furia que desataría ello. Cuando las acciones del hombre son manejados por el deseo de la carne, la mente muere. Era justo lo que le había sucedido a Axel, que aprovechando el turno nocturno de Edith en el hospital, llevó una amiga a su habitación. Edith dormía tranquilamente abrazada a Maddie. Luego, durmió sola. Axel pasó de la mano de su amiga, Deborah, una rubia voluptuosa que había visto en internet y prometía dar un intenso momento de placer si de por medio había un moderado monto de dinero. Atravesaron el living rápidamente por si por esas ruines casualidades Edith se despertaba y los veía, pero no, estaba sumergida en un sueño profundo, sola hasta hace unos segundos. Subieron las escaleras, los pies golpeándose sigilosamente en los escalones parecían el galope de un caballo. Al atravesar el pasillo corto, ingresaron a la habitación. Axel, la tomó de la cintura y le besó el cuello, luego sus manos enfurecidas apretaron sus senos y luego sus nalgas. La desvistió rápidamente mientras ella le bajaba el cierre de su jean y sacaba su pene erecto. Una acción llevó a la otra y cuando quiso acordar, Axel estaba sobre Deborah, penetrándola con fuerza, vigor e ira en el piso de la habitación. Los gemidos aminorados se retumbaban en las paredes pero no las atravesaban. Después, todo terminó. Y volvió a empezar, una vez más. Creyeron que la puerta estaba cerrada, pero en realidad estaba entreabierta y a través de la fina pero agraciada rendija se proyectaba la visión fantasmal de un ojo de plástico tan curioso, como diabólico. Maia volvió a las tres de la mañana, antes de hacer nada, fue hacia la habitación de su hija para verificar que se encontraba bien. La vio plácidamente dormida, su rostro perfecto otorgaba ternura a quien lo veía. Fue hasta ella y le dio un beso en la mejilla, la arropó y acomodó a Maddie, quien descansaba sobre su brazo pero mantenía su cara pícara. Subió las escaleras y vio a Axel dormido en la cama, por un momento, pareció darle la misma ternura que Edith y por primera vez pensó en lo difícil que era su lugar como esposo, padre y hombre de la familia; "si hubiese sido otro hombre, seguramente ya me habría votado o se buscaría a una amante para que le dé el placer que no le puedo dar", pensó valorándolo y poniéndolo en el pedestal de "El hombre perfecto". _ Ya todo mejorará, amor. Estoy dispuesta a buscar ayuda médica. El sol se comenzó a asomar por el horizonte medio campestre cerca de las seis y media de la mañana, corría un viento fuerte, atónito y tormentoso. Maia decidió dejar en la cama a Edith, se podría enfermar si la llevaba a la escuela con una helada como la que cruzaba sobre ellos. Tres horas más tarde, todos desayunaban cereales y tostadas con mermelada en la mesa del comedor. Edith había protestado para que Maddie se siente a su lado y como su madre no soportaba sus tenaces insistencias, terminó cediendo a la voluntad de su hija; aunque le recordó que no es de buena educación poner muñecos en la mesa. _ ¡Maddie no es un muñeco, es mi amiga! –le gritó _ ¡Hey! Ya basta, niña. Tu madre ya te ha dicho que no le gusta que le grites de ese modo. –Dijo Axel tragando los cereales mojados en leche Edith se puso de pie, tomó con determinación su tazón de leche y se lo lanzó con fuerza a su padre. El plástico rebotó en su frente y lo empapó de leche. _ ¡Y a mí no me gusta que hablen así de Maddie! ¿Entendiste? ¡Maldito infiel! Todo el mundo parecía haber entrado en alguna especie de shock al ver la reacción de Edith. Sus padres habían quedado mudos, no entendían de dónde su hija había sacado tanta agresividad y cómo había aprendido las palabrotas que acababa de decir. _ Ed... Edith... dijo Maia soltando la caja de cereales al piso ¿Cómo te atreviste? Te desconozco... En el momento que Maia iba a emitir la siguiente pregunta, Axel se levantó poseído por una ira indescriptible, necesitaba poner en su lugar a su hija que de un día para el otro, actuaba con rebeldía, gritos, insultos y agresiones. Le tomó fuerte del brazo y alzó la otra mano para pegarle una palmada. _ Si me pegas, contaré tu secreto, hijo de puta. –espetó la niña con una sonrisa vil La soltó en seguida y junto con su esposa, le dirigieron una mirada fruncida y confundida. _ ¿De qué hablas, Edith? –Preguntó Maia La niña tomó a Maddie en la falda y sonrió hacia su padre. _ ¿Hay algo que quieras confesarle a tu esposa, Axel? Silencio. Caminó hacia el lavabo, se lavó la cara y se sacó la remera mojada de leche. Intentaba disimular el hecho, pero apenas podía. _ ¿De qué están hablando? –insistió Maia sintiendo en su pecho el fuerte latido de su corazón ¿Quién te enseño esas malas palabras? ¡Por Dios! ¡¿Qué es lo que les está pasando?! _ A mi nada, mami. Pregúntale a tu esposo sobre Deborah y te lo dirá. Bueno... pensándolo bien y según lo que me dijo Maddie hoy a la mañana, la idea de él era ocultártelo, entonces te lo diré. Papá trajo una mujer a la casa, más bien una puta, ya sabes, de esas que cobran por sexo. Su nombre era Deborah, la llevo a tu habitación y la cogió dos veces en el piso. La muy puta gemía como los demonios. Maia quedó sin respiración, su hija se había convertido en una completa desconocida para ella. _ ¡Por Dios, Edith! ¡¿Qué estás diciendo?! ¿Qué te está pasando hoy? –Interrogó Axel desesperado acercándose a ella y tomándole con ambas manos su carita _ No te hagas el disimulado le recalcó la niña, estoy diciendo la verdad. Mamá, por si no nos crees, Maddie sacó algunas fotografías con la cámara, la que está arriba de la heladera. Hubo un momento. Luego otro. Los pensamientos gritaban enfurecidos dentro de una llamarada de desconcierto y desesperación en las cabezas de sus padres. Axel estaba envuelto en un fuego interior que lo hacía sudar como burro y sentía como si su corazón quisiera salir de pecho y detenerse destrozado en el piso. Maia, confundida, aturdida e indecisa, comenzó a caminar hacia la heladera, del otro lado de la cocina y tomó la cámara digital de la familia. Axel las miraba a ambas, creyendo y queriendo que todo fuera una pesadilla. La mujer encendió la cámara y desde el comedor se escuchó un grito despavorido y el impacto de sus rodillas en las maderas del piso. Ambos corrieron hacia allí, Axel la abrazó y tomó la cámara. Ahora, su corazón se había convertido en un trozo de hielo blando y enfermo que estaba por detenerse. Se le formó un nudo en la garganta seguido de tres arcadas que lo hicieron tambalearse y caerse de rodillas junto a su esposa que justo se levantaba. Otra vez, el deseo y los pensamientos oscuros predominaron sobre la mente y la razón. Podría haber jurado que todos los cuchillos estaban en la otra mesada, pero por alguna razón, uno de ellos había aparecido cerca de la mano nerviosa y huesuda de la mujer desesperada. Un tajo. Una mejilla cortada. La madera reluciente manchada de sangre. Un grito, luego dos. Luego tres. Ira. Miedo. Un arduo trajinar le esperó en el hospital. Catorce puntos de sutura desde la unión izquierda de los labios hasta el lado opuesto del lagrimal. No se presentaron cargos, por supuesto que no. "¿Cómo es posible que una niña de cinco años pueda llegar a tal altura para tomar la cámara de fotos?" se preguntaba Maia mientras le acariciaba el cabello a su hija. Esa noche, se acostaron las tres juntas, pero una sola dormía, otra lloraba y la otra se regocijaba detrás de un rostro inmóvil. La comunicación matrimonial fue recobrada a la semana y media, pero no eran tan agradables como antes. Cualquier tipo de discusión anterior al día del suceso les había parecido una estupidez, emitían frases cortas y sin sentimientos, principalmente ella, quien ya no le miraba a los ojos. Axel sin embargo, sentía un profundo arrepentimiento, tan intenso que se asemejaba al sentimiento de estarse pudriendo lentamente desde el interior. La única tranquilidad que tenían, era que la insólita rebeldía de Edith había desaparecido. Había sido dos días muy extraños, en los que Edith había mostrado su lado más oscuro, había insultado, agredido y hablado con un vocabulario tan sucio como un chiquero de chanchos, pero por suerte, todo había vuelto a la normalidad, o casi todo. A parte la escasa comunicación, el cambio de dormitorio de Maia hacia el cuarto de su hija y la espantosa cicatriz en el rostro de Axel, había algo más que marcaba el sorpresivo cambio de estilo de vida de la familia y era la profunda y casi enfermiza obsesión de Edith por la muñeca de Amadine Tussaud, iba con ella hasta a la escuela y al llegar pasaba todo el día en su cuarto, en el porche o en la hamaca del sauce llorón hablándole como si fuera una persona viva con oídos de carne. La tarde del día era tan dormida y melancólica como la estación otoñal. Maia estaba sentada en uno de los sofás nuevos leyendo un aburrido libro de inteligencia emocional, Axel estaba dando clases en la escuela, en un par de horas llegaría a casa. En eso, Maia escuchó unos pasitos ligeros, caminar por el pasillo cercano, se sobresaltó banalmente al ver que era su hija acercándose a ella. Creyó que probablemente se aburrió de dibujar con crayolas en su habitación, "...o de hablarle a una muñeca de goma.", se dijo. _ Mami –dijo ella recostándose en su regazo, no quiero que duermas más conmigo. A ella le sorprendió la frase de su pequeña. _ ¿Por qué, amor? –Le dijo Recuerda que mamá está enojada con tu papá por lo que has descubierto sobre él ¿Lo recuerdas, amor? Nunca hemos conversado sobre eso. Ella bajó la cabeza para que su mamá le acaricie sus rizos cortos y cerrados. Después, la movió de un lado a otro para negar que existiera recuerdo alguno en su mente. Su madre no lo entendió en absoluto. ¿De verdad no lo recordaba o estaba evadiendo el tema? Justamente, en el libro que tenía en su mano hacía unos minutos había leído un párrafo que afirmaba que ciertas veces la mente era selectiva y para el bien de la persona, a veces suprimía aquellos recuerdos traumáticos para que no nazcan secuelas de ellos, quizás eso era lo que le ocurría a Edith, pero sólo era una de las tantas suposiciones que Maia tenía pendientes por resolver pero que no quería adentrarse, quizás por miedo a enloquecer. _ Está bien, hija. Entonces no hablaremos –le contestó pronunciando con sus dedos los rulos negros de la pequeña. Si te molesto en tu dormitorio entonces no tendré remedio que irme al que está vacío. _ ¿Al de Amadine Tussaud? –Preguntó, nuevamente sorprendiendo a su madre _ Sí, contestó ella. –Suponiendo que Edith había escuchado dicho nombre salir de la boca de su padre Diez minutos después, el trapeador empapaba los pisos empolvados de la habitación vacía. Tendría que esperar a Axel para que la ayude a mover la cama de una plaza que tenía dejada en el fondo, aunque últimamente odiaba la idea de pedirle ayuda o favores. A la noche, mientras la cena se preparaba casi sola, el dormitorio de Amadine, había cobrado vida. El piso estaba tan reluciente como si estuviera nuevo, aunque era necesario cambiar el empapelado de las paredes que le daba un aspecto antiguo y percudido al estar descascarado sobre la madera. El sol cayó rápido y pesado como una gigantesca bola de metal, la luna se mostró llena y dorada. Comieron sin formular una sola palabra, escuchando una inquietante melodía que Edith cantaba con la boca cerrada. De repente, habló: _ Mami, perdóname por echarte de mi habitación. Maddie y yo necesitamos estar solas. Ella también se disculpa por haberte mandado a la habitación de la señora Tussaud. Sus padres la miraron pero no prorrumpieron una sola palabra. Estaban impresionados con la habilidad de su hija en disociar sus pensamientos y repartirlos entre ella y aquél ídolo que parecía haberla hipnotizado desde el momento en que la encontró. Aun así, no dijeron nada; toda oración ficticia de Edith que hacía revivir teatralmente a Maddie, los hacía acordar al momento en que su forma de vida cambió de improvisto. Todavía ninguno pensaba cómo superaría esa dura etapa, ni siquiera lograban resolver cómo mantenerla. _ La cena está deliciosa, cariño. –Dijo Axel sonriéndole a Maia Edith los observó callada, esperando algún tipo de reacción, y la encontró. Maia apartó la vista de sus espaguetis para apuntarla a su esposo, a quien le proyectó una expresión nula. Luego, no pudo contener una carcajada cargada de rabia y para no seguir con el tema, se levantó de la mesa y se fue a su cuarto con prisa. Desde el comedor se escuchó el portazo. _ Disculpa a mamá, pequeña. –Le dijo a Edith pronto me podrá perdonar. Todo el a mundo comete errores, ¿sabes? Y a veces con ellos lastimas a la gente que amas. Eres muy pequeña para entenderlo... pero a alguien se lo debo decir. Sus ojos azules se cristalizaron en lágrimas y uno de ellos soltó una que se resbaló por su mejilla. Tres de la mañana. La casa se volvió muda. Toda la familia descansaba en el mundo onírico, cada uno en su habitación. En eso, Edith, que siempre dormía acompañada, nuevamente quedó sola. Una niña de plástico corría libremente por la caza oscura, cuyos únicos rayos que la iluminaban de forma vaga, eran los de la luna imponente pero aun así, débil e impotente. Algo logró interrumpir el descanso de Maia, era un llamado, una voz: _ Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... ¡Maddie es Amadine! –Sonó fuerte dentro de su cabeza y le causó un sobresalto que la hizo despertarse cubierta en sudor frío Se sentó en su cama de golpe, como si hubiese sido revivida con un desfibrilador. Sentía el corazón latir rápidamente, como el de una rata. Entre la luminosidad opaca de la luna, pudo distinguir fácilmente que la puerta de su habitación estaba abierta. Frunció el ceño y luego su corazón estalló de miedo. Iba a gritar, pero su lengua pareció devolverle el grito a su interior. La muñeca, Maddie, estaba allí, parada a los pies de la cama, congelada pero persistente, como la misma luna. "Esto debe ser una broma de Edith", quiso suponer cuando notó que una mano de la muñeca estaba levantada y su dedo índice señalaba precisamente hacia la pared. Como un acto reflejo o por la misma situación de subordinación que le imponía el miedo en ese momento, giró su cabeza hacia donde le señalaba el dedo y descubrió que justo en ése lugar, había una abertura en el empapelado color verde oliva. Frunció el ceño nuevamente, tomó valor y se puso pie. Por algún motivo, su postura ante aquel insólito hecho era firme, quizás era porque nunca le había tenido miedo a este tipo de cosas o tal vez porque una parte de ella, seguía creyendo que estaba dentro del sueño. Respiró hondo y metió la mano en aquel tajo que casi pasa desapercibido para su adormecida visión. Al meter la mano, se percató que en aquel espacio, el papel no estaba pegado y probablemente lo habían hecho a propósito. Finalmente, no fue muy difícil retirar lo que había allí. El color denotaba el paso de los años, en un tiempo fue un sobre blanco e impecable. Olvidándose de que la muñeca estaba detrás de ella, rompió el sello que lo bloqueaba, una fina lámina adhesiva con la palabra "Tussaud". Sacó la hoja dura que estaba doblada en cuatro y la leyó: "Malaventurado aquél que lea éste mensaje escrito en el pasado, leído en el presente y ocurrido gran parte en el futuro. Los grandes espíritus del Santa África me han prometido una reencarnación. Y yo, fiel cordero, accedí a cambio de tres sacrificios. Según sus predicciones, todos los hechos ocurrirán, siempre y cuando les obedezca en todo, poniendo mi sabiduría por debajo de su poder, tanto es así, que ni siquiera sé por qué ni a quién le escribo estas palabras, pero así me lo han mandado. Ya tengo todo lo necesario para el ritual, he seguido sus pasos al pie de la letra y se que aún después de muerta tendré que terminar con la vida de tres almas mas. Mi cuerpo, será entregado bajo mi absoluta voluntad, pero todos lo entenderán como un suicidio. Los otros dos serán entregados en el futuro, justo antes de reencarnar en carne y sangre en el cuerpo de una de mis víctimas. Hasta ese entonces, no seré Amadine, sino Maddie, la niña de plástico." Maddie... Maddie... Maddie... El nombre retumbó en su cabeza e hizo temblarle las rodillas. Nuevamente se acordó de quién estaba atrás suyo y dio vuelta con violencia. Al descubrir que el espacio que ocupaba Maddie, ahora estaba vacío pegó un gritó chirriante que hizo resonar el vidrio flojo de la ventana. _ Ésa cosa se ha ido. Oh, no... ¡Edith! –gritó Corrió envuelta por un espanto atónito hacia la cocina y tomó el cuchillo que por casualidad creía ella, estaba sobre la encimera más cercana, cuando en realidad la niña de plástico lo había puesto allí. Los ruidos de aquella casa con los pisos de madera, los gritos a altas horas de la noche y las pesadillas inoportunas hicieron que Axel se despierte también con una sacudida alborotada. Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... Maddie es Amadine... sonaba en su cabeza. De pronto, sintió que abajo corrían unos pasos apresurados y descalzos. En seguida salió de la cama para ver lo que estaba pasando. _ ¿Dónde estás? –dijo Maia ingresando a la habitación con el cuchillo en la mano ¡No voy a dejar que dañes a mi hija! –gritó Un brazo fuerte le apretó la muñeca y le quitó el cuchillo, ella volvió a gritar, pero Edith no se despertó. _ ¿Qué mierda estás haciendo? –Exclamó en voz baja Axel, tirando el cuchillo lejos del lugar Ella no supo qué contestar, ni tampoco quería. _ Yo... no es lo que parece. –Dijo Axel soltó una carcajada nerviosa. _ Imagínate cómo hubieses reaccionado tú si hubiera dicho eso cuando viste las fotos. –Se acercó más a ella y la penetró con sus ojos furiosos Escúchame bien, si le haces algo a Edith, los vas a lamentar de verdad. –Percibió en el rostro de la mujer una increíble cantidad de miedo y se retiró con la seguridad de que nada más sucedería Cuando se dice que las cosas no pueden estar peor, se vuelven peores. Escuchó a Axel subir las escaleras, mientras ella se dirigía a su cuarto. Vio el tajo agrandado en el empapelado de la pared y metió la mano dentro, pero no había carta alguna. _ ¿Dónde la he metido? –Dijo en voz alta buscando por todos los lugares Se fijó en los rincones, debajo de la cama y hasta en la encimera de la cocina, pero la carta no estaba. Volvió a su cuarto. _ ¿Estoy quedando loca? ¿Todo ha sido un sueño? ¿Me lo he imaginado? La noche transcurrió como si no hubiese pasado nada. El sábado nació soleado y precioso, parecía un día primaveral. Maia creía que lo que había pasado ayer era una especie de sonambulismo mezclado entre el sueño y la vigilia, lo más raro de todo era que nunca le había pasado algo así, nunca podría determinar cuándo había comenzado y cuándo dio fin. La oreja pequeña de Edith estaba pegada en la boca de Maddie. _ ¿Quieres ir a la hamaca? –Le preguntó la niña Está bien, vamos. Corrió alegre con saltitos infantiles hacia allá. Aunque Maia se había obligado a convencerse que lo que había pasado, era una mala jugada de su conciencia, ordenando la cama, ojeaba sigilosamente por los rincones por si encontraba la carta fantasma, pero no la halló por ninguna parte. Axel se estaba haciendo un emparedado para llevar al trabajo, a pesar de que era sábado tenía un horario muy apretado durante la tarde. Mientras untaba mayonesa sobre el fiambre, su atención de desvió cuando encontró justo cerca de sus pies un sobre amarillento sin bloquear. En seguida, lo levantó. Extrañado por haber encontrado algo tan inusual en la cocina de su casa, lo abrió y retiró de su interior el papel grueso doblado en cuatro que al abrirlo supo que se trataba de una carta, escrita en manuscrita con una especie de delineador de ojos de color rojo. Allí mismo, lo comenzó a leer: "Amor mío. No te imaginas cómo me gusta escribirte por este medio, este tipo de códigos, el sobre, la carta y el delineador rojo me causan tanto morbo que me éxito en escribirte. Te quiero decir que todo ha salido a la perfección. El idiota de Axel todavía no se pregunta cómo es que una estúpida niñita de cinco años pudo haber tomado tales fotos. La verdad es que me has sorprendido con tus enfoques, por fin lo hemos capturado con las manos en la masa. Él ni siquiera se imagina que tú existes y encima se cree culpable de nuestra situación. Ahora que lo pienso, soy muy buena actriz llorando o quizás son mis increíbles ganas de mandarlo a la mierda que me hace desempeñarme como una actriz eximia. Todo marcha a la perfección. Sólo nos queda esperar que crea que estoy loca y que quiero matar a nuestra estúpida hija para que ambos se larguen de aquí y así nosotros podamos vivir tranquilos en nuestra casa nueva. Pronto te traeré nuevas noticias. Te amo, Maia." El descubrimiento hizo sumergir a Axel en un océano infinito de ira y dolor. Caminó casi corriendo hacia la habitación donde ella estaba, al mismo tiempo que Edith quedaba sola en la hamaca, sin Maddie. Axel se asomó con precisión en la puerta, vio que su esposa buscaba algo casi sin descanso mientras daba una barrida descuidada en el cuarto. _ ¿Buscas esto? –Preguntó levantando el brazo con el sobre en la mano Ella vio el sobre y sintió un ligero palpitar, no sabía si sentirse feliz por el hecho de que no estaba enloqueciendo, o mal por haber descubierto que se habían mudado a la casa indicada. _ Sí –contestó con firmeza, eso es lo que busco. Supongo que ya lo has leído. A Axel le sorprendió la naturalidad y la falta de vergüenza de su mujer, hasta le era difícil diferenciar a esa desconocida con la que había conocido y había jurado amor eterno. _ Supones bien –le contestó. ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelo? –dijo expresando rabia en su rostro Ella no respondió, aunque era una situación extraña que se debía conversar seriamente, no era un tema con el que podría entablar una conversación con un esposo infiel. Su orgullo pesaba aún más que todo eso. Sin embargo, una parte de ella estaba comenzando a insistir en dejar todo atrás, por lo menos de forma temporal y comenzar a preocuparse por lo que de verdad importaba: los sucesos paranormales que habían sucedido en la casa desde la llegada y las horrorosas apariciones de la muñeca de Amadine; podría odiarse después, pero primero estaba el bienestar de su hija y eso era algo que le incumbía a los dos, más allá del error y la falta de respeto de Axel hacia la familia. Le tardó considerarlo medio segundo y entonces, se dispuso a hablar.
_ Está bien. Disculpa por no habértelo dicho... _ ¿¡Disculpa!? –Interrumpió enloquecido ¿Cómo quieres que te disculpe por una cosa de ésta? Admito que yo me he equivocado en traer una mujer a la casa, pero no se compara con lo que planeas hacer tú. No puedo creer cómo nos has traicionado –sus ojos despidieron dos líneas de lágrimas que cayeron por sus mejillas, una de ellas, se metió dentro del surco rojizo de su cicatriz y se quedó estancada, sin posibilidades de hacer nada y todo por un hombre. _ ¿Qué... qué estás diciendo? –Dijo ella tartamudeando, viendo que Axel se ponía de cabeza gacha para iniciar un lastimado sollozo Con un signo de interrogación dibujado en su rostro, dio dos pasos ágiles hacia delante y le arrebató el sobre de la mano, lo abrió notando que el sello con el apellido "Tussaud" escrito ya no estaba, lo sacó y leyó aquel extraño mensaje escrito con el delineador que hacía dos días había perdido. Su pecho dio un vuelco tan inmenso que le fundió en una sacudida interna. La letra era casi igual a la suya, pero ella no había escrito eso. _ ¡¿Qué es esto?! Yo no hice esto. –Axel levantó la mirada como un tigre asesino No, amor debes creerme, nos están tendiendo una trampa. ¡Maddie...! La muñeca de Edith en realidad es Amadine que quiere matarnos para completar su sacrificio –se acercó nuevamente hacia él y lo tomó de las mejillas, ¡Por favor, créeme! Él puso la mano en su pecho y la apartó con fuerza. _ ¡No seas ridícula y admite que también eres una adúltera! Fue despedida hacia atrás, pero no con tanta fuerza como para que se produzca el trágico momento que estaban por sufrir. Apoyó la punta del pie derecho y luego su talón para evitar caer al piso. Luego, necesitó apoyar el otro, pero éste no llegó al piso. Su pie se torció de repente al pisar una superficie redonda, parecido a un balón. Su tobillo se rompió con un crujido. El cuerpo de la pobre mujer cayó duro y congelado como un ángulo de noventa grados volviéndose llano. Su cabeza se golpeó con el borde de la cómoda donde guardaba la ropa y un tajo sangriento se dibujó en su sien. Cayó sin vida y a sus pies, estaba inanimado el objeto que había pisado, no era un balón, sino una cabeza: la cabeza de la niña de plástico. Las orbitas oculares de aquel hombre nunca habían sido tan grandes. No podía creer que un simple empujón hubiese podido desencadenar tal tragedia. Sus manos estaban embarradas de un acto homicida. _ No... ¿qué acabo de hacer? –Dijo tomándose con fuerza y locura los cabellos de su cabeza Una vena nerviosa saltó perpendicular a su frente y se levantó sobre su piel traspirada y brillante. _ Maia... espetó sollozando un llanto de vidrio No, no, no, no... agregó en un desespero agitado Yo no lo hice... yo no la maté, ella se tropezó... Sí... se tropezó con el muñeco y se golpeó la cabeza. Lo que decía era cierto, pero ninguna clase de autoridad se lo creería. Hacía poco más de una semana había sido marcado de por vida en su rostro por un cuchillo que Maia había manipulado y no presentó cargos. "¿Por qué no lo hizo?..." pensaría la policía "... ¿será que quería hacer justicia con sus propias manos?" Se veía sin salida, incapaz de poder actuar o moverse. Quedó mirando espantado el cuerpo muerto de su mujer a los pies de la cómoda, con su cabeza ensangrentada emanando como una cascada grotesca cada vez más y más sangre. Sus ojos, aunque ya no veían nada, estaban completamente abiertos, casi como los de él, mirando fúnebremente lo trágico del destino y lo escuro de la muerte. De pronto, algo lo sacó de aquella nube maligna de la que había sido metido sin querer y lo introdujo otra vez en la nerviosa desesperación. _ ¡Maddie! –gritó Edith desde afuera ingresando a su casa La entrada principal quedaba a solo cuatro metros y una puerta de la escena del crimen. Axel no sabía qué hacer. _ Maddie, ¿Dónde estás? –preguntó entrando Maddie... otra vez se nombraba a la maldita muñeca que había sido testigo del crimen. Axel no la había visto detrás de su esposa hasta después de fallecer. "Si tan sólo fuese alguien con vida, la enviaría a la cárcel, porque ambos sabemos que yo no he sido el asesino.", se dijo en su interior considerando que estaba al borde de la locura. La vena que había crecido en su frente le deformaba la cara casi tanto como su cicatriz, dentro de ella, corría su sangre homicida furiosa y vertiente como la de la cabeza de Maia. Se dio la vuelta y cerró la puerta de un golpe, ni siquiera se dio cuenta que estaba actuando, hasta parecía verse afuera de él mismo, desconociéndose como persona. Tomó con fuerza el cuerpo de Maia y lo metió bajo la cama. Gotas de su helado sudor cayeron en el ínterin. El puño de su hija golpeó la puerta. _ Mamá, ¿Maddie está allí contigo? –Preguntó desconociendo lo que ocurría detrás de la puerta El atlético estado de Axel lo había beneficiado en aquél momento, sólo tardó unos segundos en esconder el cuerpo de su madre. Luego, movió la cómoda hacia delante para que ésta quede encima del charco de sangre. Respiró hondo y abrió la puerta. Edith lo vio y le causó asco verlo en ese estado. Lucía traspirado, despeinado y agitado. Pero cuando vio que tenía a la muñeca en su mano la tomó rápidamente y se olvidó del tema. Dio media vuelta y se fue de nuevo hacia la hamaca. _ ¿Dónde estabas? –Se le escuchó decir Me dijiste que ibas al baño y terminaste en el cuarto de mamá... La palabra "mamá" resonó en su mente junto con otra que desde hacía varios minutos evitaba afrontar: Criminal. Pidió faltar al trabajo esa tarde por motivos de salud, confesó que no le importaba el monto de dinero que le descontarían de su sueldo el próximo mes por ello. Lo que haría en el correr del día no lo pensó mucho, estaba demasiado choqueado como para poder realizar sus acciones con claridad. Primero, esperó que su hija se duerma, tan profundamente como acostumbraba a hacerlo. Sacó del fondo de la casa una enorme hoja de plástico grueso, con la que envolvía las vigas y otros elementos que había comprado para la reformación del hogar y la llevó hacia el lugar del crimen. La colocó sobre la cama de una plaza y recostó a su esposa encima, tapándola después con una manta roja. Acto siguiente, la limpieza total e impecable del lugar.
Mientras trapeaba no dejaba de pensar en el hecho de que su hija ya no vería más a su madre. No tuvo necesidad de mentirle, por alguna razón no le había preguntado dónde se encontraba su madre que no había visto en todo el resto del día. Cada lágrima que derramaba en el piso, era eliminada con el agua enjabonada que liberaban las cuerdas del trapeador y que se mesclaba con la sangre espesa pegada en los tablones. Cuando terminó, hizo lo más difícil. Mientras todo secaba, envolvió como a un enrollado al cadáver en el plástico y con las puertas de la habitación, de la entrada y de la camioneta abiertas, se transportó con rapidez y sigilo con su mujer en los brazos, rogando a la suerte no encontrarse con Edith despierta. Cuando quiso acordar, estaba en el asiento delantero con la mano en la llave, comenzando a llevar a su esposa al rio más cercano, a unos dos kilómetros de allí. Si la suerte lo acompañaba, no lo atraparían. El rio corre fuerte y desemboca en una cascada de piedras, sabía que era un indigno adiós hacia el cuerpo de su mujer, pero debía elegir entre eso y pasarse toda la vida en la cárcel. La próxima imagen que tenía de sí, era su cuerpo recién bañado, acostado en la cama matrimonial, sin mover un sólo musculo, sin creer lo que acababa de pasar ese día. No supo cuándo se durmió, pero cuando quiso acordar, el sol ya se había asomado por completo desde el frío horizonte. Se desperezó con sus parpados congelados, para él solo habían pasado unos minutos, su cuerpo no tenía muestras de sentirse descansado y necesitaba estarlo para afrontar todas las mentiras que debería formularle a la policía para no ir preso, se tomaría todo el día para pensar bien en eso y a la noche llamaría a las autoridades para anunciar la extraña desaparición de su mujer. Se sentó en la cama y abrió los ojos. Gritó del susto. El reloj casi marcaba las ocho de la mañana, era imposible que Edith ya haya despertado. Justo al lado de su cama, estaba Maddie parada, como si sus pies de plástico estuviesen clavados en el piso a través de la alfombra color roja. En la casa había un silencio que le producía un leve zumbido en sus oídos, luego se escucharon unos pasitos secos que provenían del pasillo. Era Edith. Entró a la habitación con un rostro inentendible, sus ojos lucían apagados y artificiales, como si por ellos hubiese perdido la esencia de su vida. Estaba vestida con su camisón blanco de cama y se veía media perdida. _ ¿Edith? ¿Estás bien, pequeña? –le preguntó su padre, como si en su cabeza no tuviera ningún problema por el que preocuparse. Ella no respondió al instante. Luego, bajó la cabeza hacia Maddie, quién estaba de espaldas a ella. La subió de nuevo y en el instante que iba a comenzar a hablar, le bajaron de sus narinas dos finas y brillantes líneas de sangre que se deslizaron por sus labios y cayeron sobre la cabeza de Maddie, manchando el tul de su vestido de novia. _ Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos. –Dijo y salió corriendo a toda velocidad Su padre se paró inmediatamente y salió en busca de ella. _ ¡Edith!... ¡Edith, vuelve aquí! –le gritó antes de salir del cuarto, pero se detuvo en la puerta y dio un giro de ciento ochenta grados para ver de espaldas a Maddie. "Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos..." recordó y se estremeció del miedo. _ ¡¿Qué carajo está pasando?! –Gritó al techo agarrándose mechones de su cuero cabelludo con tanta fuerza que los arrancó No... esto no es real, esa muñeca sólo es juguete, ¡un estúpido juguete! Maia no estaba en lo cierto, Edith está confundida y yo... bueno, creo que yo sí estoy loco. Todo eso lo había dicho con los ojos apretados y cuando los volvió a abrir, la muñeca estaba con la cabeza dada vuelta, mirándolo con los ojos más vivos del mundo. Axel notó que las manos de Maddie estaban manchadas de color rojo y una de ellas cargaba un lápiz, precisamente el mismo que había perdido Maia y con el que supuestamente había escrito a su amante. El estómago Axel se torció de repente y lo hizo encorvarse haciéndole escupir un vómito verde con manchones rojos de sangre que se desparramó fuera del borde de la alfombra. Su respiración era agitada, pero cuando vio la sangre, se aceleró aún más. _ ¡No nos matarás! –Le gritó desquiciadamente ¡No nos podrás matar, Amadine! ¡Primero lo haré yo! Y de nuevo recordó la frase que había dicho Edith: ""Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos...". Sin pensarlo dos veces, cargó la muñeca y la acostó boca arriba sobre la cama, luego la volteó, sus ojos lucían demasiado reales como para volverlos a mirar. _ Bien, Edith ha dicho que no estás vacía. ¿Qué mierda llevas en tu interior, maldita puta? –le dijo destrozando el velcro para desvestirla Descubrió su espalda y vio en su cuello la palabra "Maddie", más abajo, en el medio de su envés estaba escrita la frase "Ábreme si quieres vivir" y al momento en que lo leyó corrió hacia la cocina a buscar el cuchillo más grande. Sin piedad alguna, penetró aquél plástico como a un trozo de carne muerta y le hizo un tajo que recorrió su espalda, lo abrió y halló en el interior un sobre pequeño, de apariencia exacta al que había encontrado hacía veinte horas, con la diferencia que éste estaba bloqueado con un sello rectangular con el apellido "Tussaud" escrito. Lo abrió desesperadamente y leyó lanzando de su boca sucia de vómito, un gemido de horror que no cesaba. "Mis queridos malaventurados, no lo tomen de manera personal todas las desdichas que le he hecho pasar. No quería hacerles sufrir, pero no podré revivir plenamente si no entrego antes de tiempo los tres cuerpos necesarios. Aun así, si estás en contra de mis planes, te doy el permiso para que continúes tu vida en paz. Simplemente debes enterrar mi cuerpo de plástico, aquél que tome prestado para realizarlo todo y entiérralo bajo una de las higueras en un agujero profundo y grande como para poner un humano, sólo de ésta forma mi alma descansará en paz y ya no podré volver al mundo real. Mis dioses son deidades muy generosas con los humanos y aún en contra de mi voluntad, me han obligados a decirles la solución a su problema, pero recuerda, sólo podrás lograrlo si todavía no han muerto dos de ustedes" Axel no sabía si en ese momento debía gritar de felicidad o entregarse al terror que corría por sus venas y que hacían que su pecho estalle en latidos. Agarró a la muñeca de los pelos corrió como un felino africano hacia el fondo de su casa para tomar una pala de excavación. Afuera caía un rocío invernal, pero a Axel ni siquiera se le pasó por la cabeza abrigarse. Atravesó nuevamente la casa, ésta vez su meta era el frente hacia la higuera más cercana, tenía ambas manos ocupadas y en su mente yacía la pregunta "¿Dónde está Edith?" La llamó a gritos imaginando cómo se lamentaría si estuviese muerta, no solamente porque se quedaría sólo, sino porque habría faltado a la única condición que tenía el macabro juego de Amadine, no enterrar a la muñeca si ya hay dos personas muertas. Cuando salió por la puerta delantera, vio a Edith de espaldas sentada sobre la hamaca del sauce, parecía estar en perfectas condiciones pero no quiso vociferarle, algo dentro de sí le decía que debía terminar con el entierro cuando antes y además comprendía como comprendía la obsesión de su hija hacia la muñeca, la verlo enterrarla protestaría contra él y no tenía tiempo para ese tipo de escenas. Tiró la muñeca hacia un lado y de inmediato comenzó a cavar. Al hacerlo, Edith se dio cuenta de lo que hacía y se acercó a él, inexplicablemente no levantó queja alguna, permaneció callada todo el tiempo salvo tres o cuatro veces en donde tosía y le sangraban las narices, en esos momentos era en los que Axel más se apresuraba. Por suerte, la tierra estaba húmeda por el abundante rocío que la había ablandado, entonces no tardó mucho tiempo en cavar el gran pozo. Cuando terminó, no pudo evitar largar una aturdidora carcajada cuyo aullido demente torció del miedo hasta a las higueras. Agarró del pelo a la muñeca que había permanecido inmóvil todo el tiempo y la arrojó adentro. _ ¡Ahí tienes tu maldito pozo, hija de puta! ¡Ahora déjanos en paz! –le exclamó Cargó un montón de tierra con la pala y comenzó a llenar el pozo, pero algo lo detuvo. Sintió un dolor indescriptible en su espalda, algo frío y filoso lo había atravesado de atrás, percibió que sus pulmones le ardían pero al mismo tiempo sentía congelado el resto de su cuerpo. Tosió una vez y de su boca saltó un chorro de sangre, su respiración ahora había alcanzado el punto máximo de agitación y cada vez le costaba más tomar aire. Edith retiró el cuchillo que había clavado en la espalda de su padre y soltó una risita al mismo tiempo que éste caía al pozo. Golpeó su cabeza con la tierra húmeda y desparramada, estaba boca arriba junto a la muñeca Maddie que enigmáticamente, tenía la nariz y la boca empapadas de sangre. Aún con el dolor que estaba terminando con su vida y la tos sangrienta que sucedía cada cinco segundos, tomó fuerzas para decir sus últimas palabras. _ Ed... Edith... ¿Qué me has hecho? La niña se rió nuevamente y agarró la pala del piso, luego habló: _ ¿Edith? –Largó una carcajada malvada Éste ya no es el cuerpo de tu hija. Ella ahora está muerta, justo a tu lado. –Axel le dio un vistazo a la muñeca y en un esfuerzo de llorar, una corriente de dolor le hizo retorcer su cuerpo, la niña siguió hablando Lo más gracioso de todo es que yo sólo te he matado a ti, pero tú... tú has matado a toda tu familia, accidentalmente, pero en fin, los has matado a todos. Por si el dolor no te deja darte cuenta, cuando abriste a la muñeca por la espalda para retirar el sobre, en realidad se lo estabas haciendo a mi querida amiga Edith, pero no te preocupes, posiblemente murió en el segundo y sin darse cuenta; y ahora morirás tú, tal y como me lo han predicho los dioses. –En ese momento, Axel dejó de respirar y el viento furioso: el viento de mal, sopló por toda la casa Ya he entregado mis tres ofrendas, ya los he sacrificado y ahora, estoy nuevamente viva.


El hombre del árbol

Esta historia está basada en hechos reales ocurridos en primavera del año 2013, en cercanías del hospital psiquiátrico ubicado en la comuna Independencia, Santiago de Chile. Los relatos son los descritos por la mujer, menor de edad, de inciales L. B. N. a la policía de investigaciones el 12 de octubre de 2013, donde relata cómo, junto a su amiga, conocieron al hombre —señalado como el asesino— sobre un árbol intentando asustarlas.


El sujeto aún se encuentra sin identificar, pero la sospecha ha recaído en varios pacientes del centro psiquiátrico. Posteriormente en fiscalía, la menor cambiaría la versión de los hechos, señalando que desconoce quién las atacó. Las razones de este cambio en lo originalmente descrito por la mujer son desconocidas.

En febrero de 2014, los informes psicológicos recomendaron declarar inadmisible las actuales versiones de la menor en el caso, que señalaría a los especialistas que el sujeto seguía visitándola por las noches y no se trataba de un ser humano, sino de un espectro que vive en los árboles del vecindario.

Luna e Isabel caminan rápidamente por la calle. Es una noche fría y son cerca de las tres de la madrugada. Es mitad de semana y las calles están completamente vacías. Todas las casas se encuentran con sus luces apagadas y la poca luz que entregan los antiguos focos es bloqueada por el follaje de los árboles a lo largo de la acera. A esa hora ya no pasan autos por los barrios residenciales, la mayoría de familias están durmiendo y el único ruido es el de algunos perros que ladran a las chicas tras las rejas cuando las escuchan pasar. Ambas tienen dieciséis años, son amigas y vuelven de una fiesta. Se dirigen a sus respectivos hogares, que las separan por no más de cinco manzanas. Ninguna obtuvo el permiso para salir esa noche. Sin embargo, los padres de Luna no se encuentran en casa, solo está Juan, su hermano de diez años. Por otro lado, Isabel ha salido varias veces por las noches sin ser descubierta. Aunque ambas van riendo, Luna está preocupada por su hermano. Se supone que debería estar cuidándolo; si descubre que ella no está en casa, le contará a sus padres y la meterá en graves problemas. Isabel, por su parte, está muy contenta, le cuenta del chico con el que bailó y que desea volver a verlo, piensa perder la virginidad con él. El buen ánimo de Isabel tranquiliza a Luna, ambas chicas van por las oscuras calles riendo y conversando.

Luna no se dio cuenta en qué momento pasó todo. En ese momento reían debido a que Isabel había tropezado por un desnivel del camino. La oscuridad del lugar había aportado lo suyo. Luna pensaba que alguien debería podar los árboles del vecindario, ya que tapaban las luces de la calle y dificultaban ver. Entonces sintió cómo alguien le levantó un mechón de pelo suavemente y una risa extraña salió desde el árbol por el que pasaban. Al instante, su amiga gritó y exclamó: «Puta madre». Cuando Ana miró hacia arriba, se detuvo en los ojos saltones del sujeto; las sombras confundían su rostro con el follaje, pero se dio cuenta de que estaba sonriendo.

En esos pocos segundos, distinguió la silueta del hombre encaramado en una rama gruesa del árbol, y luego ambas empezaron a correr. Con los gritos y pasos precipitados de las chicas, los perros de toda la manzana empezaron a ladrar. Más de algún vecino identificó los gritos de las chicas, deseando irónicamente que alguien las callara para poder seguir durmiendo. Por esas calles nunca habían ocurrido hechos delictivos, y nadie prestó atención a los gritos. Las chicas no pararon de correr y Ana no quería mirar hacia atrás imaginando que esa cosa las perseguía. Estaban solas en la oscuridad del barrio y sus familias no sabían que estaban ahí. Avanzaron sin hablar por varias manzanas y doblaron por la calle que conducía a la casa de Isabel. Entonces se detuvieron en el pórtico de la casa, ambas estaban exhaustas y se tuvieron que dar unos segundos de descanso para volver a hablar.

Ana tenía mucho miedo y el estar detenidas la atemorizaba aún más. Sin embargo, Isabel estaba riendo, era una risa forzada y llena de cansancio. Ana no comprendía la actitud inquietante de su amiga. Esta le contó que el hombre no las seguía, ya que nunca bajó del árbol. Ana sonríe falsamente y le comenta que, de todas formas, no se atreve a caminar sola las cinco manzanas que la separan de su casa. Isabel le dice que no puede acompañarla, ya que sus padres deben verla por la mañana en su habitación. Trata de calmar a Ana y se le ocurre una idea. Le dice que se quedara en el pórtico y estará comunicada con ella por celular todo el trayecto hacia su casa. Ana sabe que no debe perder tiempo, si el hombre del árbol las estaba buscando, en cualquier momento podría aparecer. Se arma de valor y se despide de su amiga Isabel; ambas están comunicadas por el teléfono.

Ana comienza a caminar rápidamente, ya no puede correr, está muy cansada. Dobla en la esquina y verifica que su amiga esté en el fondo. Isabel le dice que no hay problema, que estará con ella hablando todo el camino. Le comenta que sigue en el pórtico y no ha visto al sujeto pasar por esos lados. Ana camina nerviosa por las calles, parecieran estar mucho más oscuras y frías que antes. Ya no va por la acera, sino que bordeando la pista de autos. No se atreve a pasar bajo los árboles. Su amiga Isabel continúa tranquilizándola hasta que la comunicación se corta de golpe. A Ana la invade el miedo, está a mitad de camino y no sabe qué ocurrió. Entonces piensa lo peor, que esa cosa atrapó a su amiga. Se detiene e intenta desesperadamente llamarla, pero nadie le contesta, y por la mente de Ana se abre la posibilidad de volver a auxiliarla. La idea toma más fuerza y decide volver, pero esta vez lo hace corriendo.

No tiene un plan, pero sabe que en algún momento deberá gritar por ayuda, seguramente cuando vea cómo el psicópata del árbol intenta raptar a su amiga. En poco tiempo se encuentra de regreso en el punto donde se separó de Isabel. Al no verla fuera de su casa, decide volver a llamar. Entonces observa en su celular un mensaje de texto de Isabel que decía: «Mi madre me atrapó, hablamos en 10 minutos».

Ana había perdido cerca de cinco minutos en ir y volver para nada. La rabia se apoderó de ella. Había tomado una decisión estúpida. Tenía frío, miedo y se encontraba sola. Por momentos el enojo que sentía hacia ella fue mayor al miedo que sentía por el psicópata de las calles. De camino a casa fue diciendo improperios y prometiendo que nunca más arriesgaría su vida por alguien. Sin embargo, siguió su camino bordeando la pista de autos.

Los árboles en la acera le dan miedo. Solo faltan tres calles para llegar a su casa y Ana se siente aliviada. Un auto dobla por la calle donde ella camina, y si bien este no va a alta velocidad, Ana decide subirse a la acera. No distingue bien quiénes van en el auto, pero reconoce a una pareja joven. Al ver cómo el auto se pierde a la distancia, piensa en volver al borde de la pista, pero ya no siente tanto miedo por la oscuridad del camino. Sin mirar los árboles que la cubren a lo alto con hojas y ramas, mantiene su mirada recta hacia el fin de la calle. La cercanía del hogar la mantiene decidida a seguir su camino sin vacilaciones. Entonces, un dolor punzante en el cuero cabelludo la hizo gritar mientras sus pies se separaban del camino. Un hombre que reía de forma extraña la intentaba levantar desde la oscuridad. No fueron más de tres segundos, pero Luna sintió ese momento como una pesadilla interminable. Cuando los dedos largos soltaron su cabello, Ana cayó al suelo e inmediatamente corrió al final de la manzana. Los nervios del terror experimentado le jugaron una mala pasada, haciéndola tropezar. La risa misteriosa se vuelve a sentir a pocos metros de ella.

El hombre del árbol está parado en la esquina, cubierto por la oscuridad del último árbol. La mira fijamente y está sonriendo. Ana deduce que el hombre siempre las siguió, solo que por calles paralelas. Sin embargo, no comprende en qué momento subió por el árbol. A diferencia de ella, él no se ve cansado. Puede que esa cosa no sea humana.

Reconoce la silueta deforme del sujeto: un hombre alto, muy encorvado y que viste con ropas viejas. Reconoce sus ojos saltones y su sonrisa macabra; es un hombre muy pálido, casi blanco. Tiene una cara exageradamente larga, es calvo, pero los pocos mechones que posee son largos y oscuros. Es un hombre feo, de aspecto extraño y enfermizo. Ana se petrificó del miedo, no podía gritar ni moverse. El hombre sujetaba un pájaro entre sus manos que protegía con gran cuidado mientras miraba a Ana fijamente. Ella, invadida por el terror, pregunta: «¿Qué quieres?», sin embargo, su voz es débil y quebradiza. No es capaz de repetir la pregunta, no quiere que esa cosa la mate. Entonces, el hombre arroja el pájaro con mucha fuerza hacia el aire, asustando a Ana, pero también liberándola de su paralización. Ahora, Ana aprovecha la atención que el sujeto le está dando al ave para salir corriendo. Solo escuchó al pájaro caer violentamente al suelo. Avanza hacia el otro extremo de la manzana y se da cuenta de que el sujeto no la persigue, no escucha sus pasos ni su risa macabra.

Antes de doblar en la esquina que conduce a su casa, se voltea para ver dónde está el hombre. La escena es extraña, pero en parte tranquilizadora. El hombre sigue parado en la esquina mirándola fijamente, no se movió nunca del lugar. Está con el ave nuevamente en las manos y con la misma sonrisa. El hombre vuelve a tirar el pájaro a los aires. Esta vez Ana corre con más fuerza, sin mirar atrás, hasta llegar a su casa. Abre la puerta desesperadamente, como si en cualquier momento pudiera volver a escuchar la risa diabólica del hombre. Ya dentro, la escena confunde a la chica. Se sienta e intenta calmar su respiración. Reflexiona rápidamente lo sucedido y concluye que el hombre seguramente es un enfermo mental, la tomó del pelo porque estaba intentando jugar o llamar su atención. El hombre quería que ella lo ayudara con el ave. Debe tranquilizarse e intentar dormir. Ahora está sana y a salva en su casa.

Ana manda un mensaje de texto contándole lo sucedido a Isabel y va al segundo piso de la casa donde verifica que su hermanito está durmiendo. Se dirige a su alcoba y mira por la ventana tratando de buscar al sujeto en la calle, sin éxito. El miedo de Ana cada vez es menor, incluso recuerda la escena del pájaro con humor. Piensa que, por la mañana, ambas chicas estarán riendo de todo lo sucedido. Decide acostarse a dormir cuando su móvil comienza a sonar. Es Isabel y esta vez ella no suena tranquila, al contrario, percibe terror en su tono. Isabel le cuenta que el hombre del árbol está fuera de su casa y no deja de mirarla por la ventana.

Ana le dice que no tema; es un hombre enfermo, pero inofensivo. Isabel tiene mucho miedo, le cuenta que tiene la luz apagada, su alcoba está completamente oscura y las cortinas están cerradas. Sin embargo, por el espacio de unos dos centímetros que divide las cortinas puede ver cómo el hombre la mira fijamente desde la calle. Ya lleva más de veinte minutos parado ahí con el ave entre las manos. ¿Cómo sabe la chica que la observa, si su alcoba está oscura? Para Isabel la escena es más bien paranormal y la tiene intranquila. Ana le dice que avise a su padre, sin embargo, Isabel le cuenta que sus padres la descubrieron y amonestaron fuertemente por salir de casa. No se atreve a enfrentarlos otra vez. Por suerte, el tipo comienza a moverse y se aleja. Ana la calma y le dice que no tema, es solo un loco.

Ya es muy tarde, ambas chicas se despiden, pero Isabel no quedó tranquila. Ana ya tiene mucho sueño, son cerca de las cuatro de la madrugada e intenta dormir. No sabe cuánto tiempo pasó, cuando su hermano le comienza a gritar algo desde la habitación contigua. «¡Parece que llegó mamá!, ¡sentí que llegó mamá! ¡Ana, despierta!». Ana tenía mucho sueño y no procesó lo que el hermano le decía, solo miró el reloj y vio la hora, las 4:24 a.m. Entonces le respondió enojada que se durmiera y que no gritara, pues podía despertar a los vecinos. Terminó diciéndole que su madre llegaría mañana temprano y que no molestara más. Ana se volvió a quedar dormida rápidamente.

Lo que la despertó de forma tan violenta fue el chillido de la puerta al abrirse a sus espaldas. Los pocos segundos en que esto ocurrió bastaron para que ella despertara completamente e identificara que corría peligro. Lo primero que sintió fueron los escalofríos recorrer su espalda. A medida que la puerta se abría, Ana tensaba todos sus músculos. Sus ojos se abrieron completamente y su corazón empezó a palpitar como lo hacía horas atrás. Sentía que estaba momificada, ya que no se atrevió a hacer nada. No tenía sentido que lo supiera, pero ella sabía que no era su hermano el que se acercaba. Quizás los pocos minutos que pudo dormir, las pesadillas con el hombre del árbol la prepararon para este momento, porque su reacción se asemejó más bien a un acto de supervivencia. Su cuerpo cargado de adrenalina no movía un pelo, estaba tan dura como un ladrillo.

En esos segundos, miles de cosas pasaban por su cabeza. Esperaba con ansias que su hermano le dijera: «Ana, despierta, creo que llegó mamá». Ahora, lo anteriormente dicho por su hermano tenía sentido. No había llegado mamá, había llegado el hombre del árbol, el hombre del pájaro. Era un hombre extraño, pero si es capaz de entrar a tu casa sin autorización, quizás es capaz de cualquier cosa.

El corazón de Ana latía de manera dolorosa. Nunca había sido tan perceptiva a lo que sucedía a su alrededor. Ana sentía que sus sentidos funcionaban como nunca antes, era capaz de escuchar todo, cada paso del psicópata hacia su cama, podía oler sus ropas viejas, sentir el frío de su presencia; pero no lo podía ver porque estaba a sus espaldas, y, además, Ana no lo quería ver aunque sus ojos estuvieran abiertos como nunca antes. Ella no era consciente de las acciones reflejo que tomaría su cuerpo, esperando que el monstruo diera el primer golpe. Cuando la criatura del árbol atacara, el cuerpo estaría tan cargado de energía y adrenalina que podría responder con otro golpe o un salto inesperado que le permitiría escapar de una muerte misteriosa. Pero mientras eso no sucediera, el cuerpo de Ana no se movería. Su subconsciente lo tenía claro: hay que hacerle creer al asesino que tú no te has dado cuenta de su presencia. El psicópata aún puede arrepentirse de matarte, mejor no provocarlo.

Ana confirmó sus peores miedos cuando pudo observar en las sombras que daban a sus ojos cómo se dibujaba la figura de un hombre muy alto, con extremidades largas y postura encorvada. Sintió cómo un pinchazo en el corazón la risa enfermiza del hombre, pero en voz baja, intentando pasar desapercibido. Los músculos lograron la máxima tensión cuando sintió que la criatura se acostaba a su lado. El peso de la criatura sobre la cama provocó que el cuerpo de Ana se acercara a su verdugo. En esos momentos, Ana inhalaba todo el oxígeno que sus pulmones podían contener, pero no era capaz de botar el aire. Tenía miedo de que el asesino identificara el terror de una respiración violenta, así que aguantó el oxígeno en sus pulmones lo que más pudo, intentando botar el aire de apoco.

A Ana le hubiera gustado desmayarse, eso hubiera sido bueno, pensaba. Ella prefería morir rápidamente que tener que luchar con algo que no comprendía. Sin embargo, su cuerpo funcionaba de otra forma. En cualquier momento comenzaría la lucha por sobrevivir. La paralización fue completa cuando sintió la respiración de la criatura en su nuca y percibir cómo este temblaba y reía nerviosamente. El psicópata movía el pelo de Ana con la nariz y otras veces con la lengua. Ella se dio cuenta de que el enfermo se estaba masturbando. No sabía cuánto tiempo más podría aguantar. Entonces, como si se tratara de un milagro, dejó de sentir el peso del asesino en su cama. Ya no sentía la macabra respiración en su nuca. Y aunque no lo podía ver, ya no sentía su presencia en la habitación. «El hombre no ha arrancado —pensaba—. Solo ha desaparecido. Seguramente ha vuelto a los árboles».

Ella no se movió. Mantuvo esa posición toda la noche y parte de la mañana. Si bien sus músculos dejaron de estar tan tensos, se mantuvo alerta todas esas horas, sin voltear en ningún momento. Cerca de las nueve de la mañana, escuchó cómo su hermano se levantó y se dirigía hacia ella. Cuando el hermano gritó de miedo en la puerta de su habitación, ella dio el salto que no esperaba dar en toda esa terrorífica noche. En un solo movimiento, quedó parada al lado de su cama, dispuesta a golpear, morder, correr o saltar. Ella debía salvar a su hermano y luego debían escapar. Pero la escena que observó, para suerte de ambos, fue otra. Su hermano señalaba un pájaro muerto en medio de la habitación. Ana se dio cuenta de que había manchas de sangre por todos lados.

Abrazó al niño y le dijo que no saliera de la habitación. Entonces escuchó el estacionar de un auto fuera de su casa. Pensando que eran sus padres, se asomó a la ventana y se sorprendió al ver un auto de policía. Desde la ventana le gritó a los oficiales que la ayudaran, que había un hombre en su casa. Entonces, observó cómo otros tres vehículos policiales llegaron a su casa. Los oficiales, al bajar de sus autos, se veían exaltados, muy preocupados y tenían sus armas en las manos. «¿También vienen a ayudarme?», pensó. Ana no entendió qué está pasando, pero, de repente, todo adquiere más sentido. Algo malo había ocurrido y las pistas llevaban a su casa. Los policías encontraron el celular de Isabel y supieron que el psicópata también iba por Ana. Su cara se deformó en una mueca de tristeza y preocupación. Ana no debería saberlo, pero estaba segura de la tragedia que posteriormente le confirmarían en la comisaria. La sangre que había en su alcoba no pertenecía solo al ave, era demasiada sangre para un pájaro pequeño. El hombre del árbol, el hombre del pájaro, ese hombre, antes de visitarla, mató a Isabel y a toda su familia, seguramente porque ellos no supieron quedarse en silencio.


Bultos en la cama

Suelo levantarme en las madrugadas para ir al baño o comer algo, pero ya no. Un día de julio desperté a las 2:50 a.m. con unas grandes ganas de orinar. Me levanté y caminé por el largo pasillo que conectaba mi habitación y el baño. Encendí la luz, me relajé y oriné con ganas. Cuando me dirigía de vuelta a la habitación, un escalofrío recorrió lentamente mi espalda. El presentimiento de algo tétrico me invadió. Al llegar a mi habitación miré mi cama: estaba tapada y un bulto del tamaño de una persona se veía debajo de las sábanas. Vivo solo, no tengo mascotas. Traté de encender la luz, pensando que no era nada más que un efecto óptico. La luz no encendió; el pavor me llevó a pensar que algo estaba en mi cama. Me acerqué lentamente, tratando de no hacer ruido. Estiré mi brazo para tocar las sábanas, quizás no había nada ahí. Cuando puse mi mano en la cama, sentí algo sólido, duro y húmedo. Invadido por el horror corrí lo más rápido que pude hacia la puerta de salida. Cuando salí de mi casa mi vecino que venía llegando de su turno nocturno me miró con extrañez. Volví a entrar a la casa encendiendo las luces, y cuando llegué a mi habitación la luz sí encendió y el bulto ya no estaba. Después de esa noche no pude dormir, me mudé donde un amigo para no volver a revivir ese día. Aún me perturba. Cuidado con ir al baño en las noches.

Los Pasos

Medianoche, aún sin poder conciliar el sueño. No habría sido un problema para mí, de no ser porque debería levantarme en las primeras horas de la mañana. Mi habitación sólo estaba alumbrada por la tenue luz que reflejaba la luna, cuyos rayos traspasaban el vidrio de mi ventana, y el intermitente botón de mi monitor, que me anunciaba que no lo había apagado bien.

Traté de pensar en algo que me relajase pero no hubo caso, ni las 127 ovejas que logré contar pudieron hacer que cayera en los brazos de Morfeo. No recuerdo qué método habré utilizado luego de eso, pero al parecer fue eficaz, pues me acuerdo de haber logrado llegar a la línea entre la realidad y el mundo de los sueños que mi conciencia era capaz de crear. Lamentablemente no pude cruzar la bendita línea, puesto que "algo" me despertó, unos pasos, para ser preciso.

No puedo negar que en ese momento sentí miedo, aunque fuera un chico que ya cursaba el nivel universitario. Quizá era el hecho de vivir solo, pero a estas alturas ya me debería haber acostumbrado. Hubiera ignorado aquel sonido, pero mi curiosidad me incitaba a abandonar mi posición horizontal y descubrir qué era "eso". La curiosidad me ganó una vez más. Al darme cuenta, ya estaba asomándome por la puerta de la cocina, lugar del cual pensé que el ruido provenía. Esperé, nada pasó.

"Qué desilusión", pensé. Siempre me había gustado el suspenso, y esperaba que algo terrorífico sucediera. Lo sé, vaya mente de inocente. Me dirigí al refrigerador por un bocadillo nocturno, aprovechando que había llegado hasta la cocina. Recuerdo haber tropezado con algo, aunque no llegó a tirarme. No le di importancia, estaba oscuro, de seguro fue la alfombra. Al llegar hasta el gran electrodoméstico me dispuse a abrirlo, encontrándome con una gran variedad de comida. Lo raro era que nada me apetecía, y aunque no era la primera vez que me pasaba, podía jurar que a las barras de manzana nunca las negaba, sin importar la hora. Me llevé una al bolsillo del short, por si el estómago me molestaba más tarde, y arrastré los pies en dirección a mi habitación. En el momento en que mi cabeza tocó la almohada, logré conciliar el sueño.

Me desperté de mañana, sobresaltado. Clavé mi vista en la alarma para verificar la hora, maldiciendo a mis adentros al ver que me había dormido. Nunca escuché la alarma, a decir verdad, pero no había tiempo de verificar nada del aparato, debía cambiarme y los minutos corrían como granos de arena en un colador de fideos. Tomé mis apuntes y las zapatillas, las cuales me calcé mientras intentaba caminar, sosteniendo las hojas solamente con la boca.

Llegué a la sala y encontré a mi madre, llorando amargamente. Me dispuse a preguntarle qué pasaba, pero un hedor repugnante me detuvo, obligándome a retroceder y a proteger mis fosas nasales con la palma de mi derecha, agarrando los apuntes con mi mano libre. Unos hombres salían de la cocina, uno tenía una libreta de apuntes y el otro le hacía múltiples preguntas a mi mamá. Por la puerta de la cocina pude ver algo que me dejó helado: era un cadáver cubierto con un manto negro, y bajo ese manto se hacía visible un charco de sangre. ¿De quién era el cuerpo? ¿Qué pasó? ¿Era eso con lo que me había tropezado la noche anterior? La sola idea me daba escalofríos.

Entendí a quién pertenecía el cadáver al notar que mi madre abrazaba desconsolada una foto de mi graduación, y al momento en que uno de los policías le enseñaba una planilla, y adjuntada a ésta con un clip, una pequeña foto de un rostro, posiblemente del hombre que me asesinó.

El Diablo En La Discoteca

Una noche de viernes santo, se hizo una fiesta en la discoteca más famosa de la ciudad, dicen que en un momento determinado de la noche ,entró a la discoteca un joven, que atraía las miradas de todas las jovencitas que se encontraban en el lugar, era alto ,muy bien vestido, con unos ojos algo extraños pero encantadores...

Este apuesto joven se acercó a una muchacha para sacarla a bailar y ella encantada por su apariencia aceptó sin pensarlo dos veces, mientras bailaban él le advirtió que no mirara sus pies ya que se sentía un poco intimidado y no era capaz de seguir el ritmo, ella asintió con la cabeza...


Pero al cabo de un rato no resistió mirar sus pies, ella se quedó sin aliento al ver unas garras horribles y se desmayó enseguida, todo el mundo al ver a esta joven tendida en el suelo corrió a socorrerla, y el joven con el que bailaba ya había desaparecido del lugar.

La muchacha cayó en un terrible estado de coma, y sus padres ordenaron revisar las cámaras del lugar para identificar al hombre que todos creían que era el culpable de su estado, pero para sorpresa de todos, en el video de seguridad se veía claramente que la jovencita se movía sola por toda la pista de baile, el hombre no se reflejaba en la grabación. Para confirmar esta escalofriante historia en el baño del establecimiento en uno de los espejos decía:

'Viernes Santo, muerte de Cristo, Viernes Santo yo revivo y riego sangre y temor entre los humanos'...

La discoteca estuvo varios días impregnada con un olor a azufre y la joven murió después de un tiempo con unas marcas de quemaduras en la espalda...

¿¿¿Te atreverías a irte de fiesta ahora en Viernes Santo???

Mi Nuevo Amigo

Es muy común que los chicos de ahora lleven vidas muy agitadas y estresantes a causa de sus padres, quienes tienen que mudarse constantemente porque consiguieron un mejor trabajo, porque ya no les gustó la casa... etc.

Andy llevaba ese estilo de vida. Ser un chico que vivía bajo la tutela de padres itinerantes había provocado en él ciertos rasgos antisociales, por el hecho de no poder llevar la vida de un adolescente normal.

Era muy común verlo encerrado en su cuarto y pasando horas frente al ordenador, navegando en sitios de video-chat de ruleta como Chatroulette u Omegle, ya que ésa era la única forma en que podía hacer alguna amistad estable, sin el temor de que mamá y papá decidieran que el día de mañana tenían que mudarse de nuevo.

Una noche nada especial, cuando sus padres ya se encontraban en cama y todas las luces de su casa estaban apagadas, Andy, como muchas de sus noches, se encontraba pasando el rato en el chat de ruleta tratando de hacer nuevos amigos a quienes agregar a su corta lista de Facebook; pero como muchas de sus noches, se encontró nuevamente cara a cara con la desilusión de no haber podido hacer ninguna nueva amistad.

Navegó por el sitio durante horas. Sus ojos se encontraban fatigados y una espesa niebla nublaba su vista, víctima de mirar fijamente a la pantalla brillante del ordenador, así que se rindió. "Ya probaré suerte mañana", se decía. Pero no fue hasta el preciso momento en que decidió apagar el ordenador cuando la siguiente persona aleatoria que encontró resultó ser "una niñíta de tan sólo quince años", de nombre "Jenny", según sus datos de presentación.

Dany dudó en saludarla, porque pensaba que sería como las demás chicas que lo ven y sólo pasan de él. Pero le sorprendió que la supuesta "niña" no lo hiciera, y más le sorprendió que antes de siquiera poder reaccionar para saludarla, la chica comenzó a escribir mensaje tras mensaje en la pantalla.

"Holaa!", "ay alguien ahi?!", "por favor! estas ahi?".

La primera reacción de Dany fue la de dudar si en realidad se trataba de una chica, porque el recuadro en donde se suponía que debía aparecer la webcam de aquella persona estaba totalmente en negro.

"Tal vez tiene su cámara tapada o cubierta con algo", pensó.

Dany, apresuradamente, le contestó con un cordial saludo, esperanzado de hacer una nueva amiguita... pero lo siguiente que la niña le respondió no fue precisamente la respuesta que él esperaba.

"olaa, por favor... necesito ayuda!!", "por favor, no pases de mi", "ayudame!!".

Como cualquier otro niño de su edad, comenzó a sentir algo de miedo. Y es que era sobrenatural la forma en que la chica escribía mensaje tras mensaje, como si sus respuestas ya las tuviera preparadas para sólo copiar y pegar. Dany se consoló con la idea de que tal vez se trataba de una broma, porque no era la primera ocasión en que trataban de jugarle una.

Así que se calmó, y tranquilamente preguntó a la chica si le estaba hablando en serio o si sólo se trataba de una mala broma. Pero en cuanto su dedo índice apretó la tecla Enter, juraría que la chica tardó medio segundo, tal vez menos, en escribir mensaje tras mensaje en la pantalla:

"NOO!!", "por favor...", "noo es ninguna broma!!", "por favor ayudame, estoy en problemas!!".

El suspenso en Dany comenzó a acrecentarse, comenzó a sentir esa espina de no saber qué hacer; dudaba que se tratara de una broma pero también dudaba que le estuviera hablando en serio. Sabía que debía apagar el ordenador e irse a dormir, pero era la curiosidad y el sentimiento de culpa lo que lo retenía en el ordenador. Se detuvo para pensar un momento, se apretujó y sacudió las manos para tratar de calmar los espasmos que comenzaron a agravarse en ambas manos. Y sin muchas esperanzas insistió nuevamente.

"Dime la verdad... es esto una broma??".

Dany esperaba que el siguiente mensaje de la chica fuera el de reconocer que le estaba tratando de jugar una broma. Pero... la respuesta de la joven no fue muy distinta a sus mensajes anteriores.

"creeme!!", "esto no es una broma", "tienes que ayudarme", "porfavor!!", "AYUDAME!!".

Comenzó a creer más en sus palabras, ya que no sonaba como alguien que estuviera tratando de jugarle una broma; y eso lo asustaba más de lo que ya estaba, el hecho de que en realidad se tratara de una chica en peligro. Dudaba demasiado que pudiera hacer algo encontrándose tan lejos el uno del otro... o al menos eso fue lo que pensó.

Aunque inseguro, escribió a la joven que creía en sus palabras y le preguntó qué era lo que podía hacer, en qué quería que la ayudara. Y como era de esperarse, la chica respondió en cuestión de milésimas.

"AYUDAMEE!!", "porfavor..", "aqui esta muy oscuro", "ayudame a encontrar la salida", "PORFAVOR!", "SACAME DE AQUI!!".

"Pero que hago!? Que hago!? Dime como te ayudo?...".

"ayudame a salir de aqui..", "no se donde estoy...", "por favor haz algo!!".

Dany sintió la impotencia de no saber qué hacer, se sintió como un niño pequeño esperando que mamá y papá se encargaran del asunto. No tenía un hermano mayor al cual pedirle su ayuda y sabía que si acudía a sus padres, antes que ayudarlo, lo regañarían por haberlos despertado tan tarde. Mareos y dolores de cabeza comenzaron a acecharlo en su desesperación. Pasó alrededor de un minuto y Dany logró calmarse. Colocó nuevamente sus dedos en el teclado y, sin muchas esperanzas, cuestionó de nuevo a la joven.

"Por favor, dame más detalles. Dime qué hacer... Quieres que llame a la policía o a alguien? Dame más detalles... dime cómo te ayudo!".

Con eso último escrito, tal parece que dejó pensando a la chica, ya que esta vez no le contestó tan apresuradamente como en veces anteriores. Cinco minutos después Dany aún estaba en suspenso, se había quedado inmóvil esperando el mensaje de la chica, pero no sucedía nada, hasta que la barra al margen de la página que indica que el usuario está escribiendo comenzó a parpadear, y así estuvo parpadeando por alrededor de dos minutos.

"Si de verdad me quieres ayudar, necesito que enciendas las luces de tu cuarto".

Dany sintió un terror premonitorio, como cuando caminas por un callejón en la oscuridad de la noche y sientes que alguien te va a tratar de hacer daño; ese mismo sentimiento se clavó en la espina dorsal del chico.

"Pero para que?", "En que te puede ayudar eso?", preguntó, y con justa razón. Pero la chica sólo le decía que lo hiciera y que no preguntara, que necesitaba ver mejor su habitación.

Y tras varios mensajes de súplica por parte de la chica, Dany cedió a la petición, a pesar de que todo su ser le decía que apagara el ordenador y se fuera a la cama. El sentimiento de culpa pudo más que su propio juicio.

Se levantó de su silla y con la poca luz que emitía la pantalla de su ordenador, se acercó lentamente hacia el interruptor de su cuarto. Era la primera en su vida que sentía temor de encender las luces; a cierta edad a uno le daría miedo apagarlas, así que no lo pensó dos veces y simplemente las encendió.

Pero no había nada, no había un solo cambio en su habitación. No fue hasta que se acercó a la pantalla del ordenador cuando el verdadero horror se hizo presente, y era que... la cámara web de la niña ya no estaba totalmente en negro, ahora estaba transmitiendo, pero no era una imagen de la supuesta niña, era una imagen de Dany, él se estaba viendo dos veces en el monitor.

Aunque había algo extraño en la segunda cámara: la pared que estaba detrás de él era completamente distinta a la de su cuarto, en ella había un puerta negra, ya muy desgastada, como si alguien la hubiese martillado varias veces. Dany se congeló frente al monitor, quería llorar, gritar, salir corriendo y no saber más nada; pero su cuerpo no reaccionaba, y no fue hasta el siguiente mensaje de la chica cuando no pudo resistirlo más.

"Por favor... abre la puerta, ayúdame. Estoy atrapada aquí".

Dany volteó la cabeza y no había nada. Pasó su mirada de nuevo a la pantalla y la puerta seguía ahí, y la chica seguía insistiendo en que la abriera y la dejara libre.

No aguantó más, cerró su ordenador de un portazo y como un niño pequeño corrió a la habitación de sus padres y se metió en la cama con ellos. Extrañados, estos le preguntaron qué era lo que pasaba, pero Dany sólo se limitó a decirles que había visto algo tenebroso en internet, y que quería dormir ahí.

Después de eso nunca volvió a visitar esos sitios, ni siquiera con amigos. De hecho, su uso del ordenador fue cada vez menos frecuente. Con el pasar de los meses sus padres eventualmente tuvieron que mudarse, pero esta vez la idea de irse no incomodó a Dany en lo absoluto.

Hasta ahora, es fecha en que Dany se sigue preguntado qué hubiese pasado de haber abierto esa puerta. Y si esa niña sigue ahí dentro, atrapada.